El vino blanco y el tinto en Otero Pedrayo y Cunqueiro

A MESA Y MANTELES

Xavier Castro
Xavier Castro | La Región

En la historia del vino se observa que la perspectiva cambia en función de la clase social. Se puede percibir en la mentalidad de las elites la alta estima de que gozaba el vino blanco, tenido por refinado y distinguido. Es muy probable que participasen de esta idea los clérigos en general. Esto pudo haber influido en la decisión que adoptaron al final de la Edad Media, de dejar de lado el vino tinto para emplear solo el blanco en el oficio de la misa.

Escritores, científicos y gentes de espíritu parecían compartir la idea de que los blancos se adaptaban mejor a sus particulares necesidades. Ya de mayor, pero aún activo intelectualmente, Santiago Ramón y Cajal se inclinaba por los caldos blancos: “En cuanto al vino, bebo medio vaso pequeño de un vinillo blanco, imitación del Sauternes y casi exento de alcohol”. Esta sensibilidad parece resultar cercana a la de Álvaro Cunqueiro, quien confesaba su particular devoción por la treixadura, a la que atribuía determinadas virtualidades intelectuales y espirituales: “A mí me gustan los blancos que llevan más de una mitad de treixadura: son los vinos para aperitivo de estudiosos, del P. Feijóo o del maestro Otero Pedrayo, y al atardecer, preparan el alma para la contemplación de las brillantes estrellas”.

Las elites ilustradas solían considerar que el vino tinto era más adecuado para los campesinos y trabajadores manuales.

Las elites ilustradas solían considerar que el vino tinto era más adecuado para los campesinos y trabajadores manuales. Por su parte, el mundo labriego encontraba preferible el vino rojo por parecerle mejor alimento y más saludable. No resulta fácil averiguar si también –como barruntaban los médicos– los sectores populares lo tenían por más adecuado a sus necesidades fisiológicas derivadas de la actividad laboral que realizaban.

En el antiguo régimen los paysans franceses preferían el vino tinto y de color bien acendrado. Pensaban que el vino rojo era el que aportaba mayor fuerza y vigor para la gente de su condición y para todo aquel “que vivía por sus manos”. También, una obra de referencia, Le Thrésor de santé (1607), sostenía que el tinto nutría más que el blanco. Al propio tiempo parecía reflejar la opinión docta en un especial sentido: esta clase de vino, como alimento de fuerza, sólido y carente de refinamiento, se adaptaba muy bien a la naturaleza grossier (tosca) del campesino que realizaba faenas penosas que requerían mucho esfuerzo, pero exclusivamente físico.

El panorama en España no parece haber sido distinto. Un modo de poner este hecho en evidencia consiste en reparar en un aspecto concreto, en el que resulta de aplicación la lógica popular invocada por J. G. Frazer, en La rama dorada, que se atiene al postulado: “lo semejante produce lo semejante”. Esta ley de la similitud (que inspira la magia homeopática) hacía que mucha gente tuviese la impresión de que por obra de la cárdena ingesta alcohólica afloraban hermosos colores en las mejillas, que se tenían por indudables muestras de la energía que la bebida insuflaba en sus organismos. Tal sensación se veía reforzada por la percepción de que el bebedor quedaba provisto de nutrientes y calorías que daban lozanía y lustre a su organismo, de manera que adquiría una apariencia más rolliza y satisfecha, signos inconfundibles de buena salud, por aquel entonces.

Pocos dudaban, en efecto, de que el vino tinto fuese el restaurador soberano de las fuerzas consumidas en trabajos denodados. Brais, uno de los personajes que nos presenta Ramón Otero Pedrayo, en Los caminos de la vida, ofrecía a un abad carlista una taza colmada de vino negro (viño mouro), que bien se echaba de ver –se decía– que procedía de los bancales de Barbantes, alabando su calidad confortadora: “Con una jarrita de tintorro como este, que vengan trabajos”. De este modo, reponía sus fuerzas para proseguir con el desempeño de su oficio de avisador de los conspiradores de varias parroquias de O Ribeiro.

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