Simone Saibene
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Familia de alquiler
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Hay lugares en los que uno se siente bien. Lugares en los que uno comprende. Donde todavía funcionan los sentidos humanos, atenazados bajo esta incertidumbre ambiental. Si se es capaz de abrirse a las cosas, si se recupera ese corazón inocente que olvidamos cada día para encajar en el mundo, se consigue entonces escuchar al genio del lugar. Comunicarse con él, como hacían los antiguos. Y distinguir los rinconcitos que nos vuelven mejores. Alguien comprendió hace mucho que en las Burgas, el lugar de las aguas mágicas que brotan calientes del interior de la tierra, habitaban ninfas. Y allí siguen, asegurándose de que estas aguas sigan fluyendo, protegiendo y curando a los hombres. Protegen también a los hombres inferiores, esos que no saben de lo sagrado y además tienen la peligrosa capacidad de emitir decretos. Pero las ninfas y lo magnífico, que es lo que nos ocupa, siguen allí desde que el tiempo es tiempo y le hablan al que acude con inocencia. Son esos los trozos del mundo que sirven de canal con lo incomprensible. Y su magia se celebra con más o menos torpeza.
A papá le encantaba pasar junto a esta virgen-ninfa, devoción de prostitutas y marginados. Nos lo contaba al pasear hasta este rincón de la ciudad que todavía es arrabal y siempre estuvo fuera de la cerca antigua
Uno pasa junto a la Virgen del Carmen, guardiana de las aguas, y siente que allí están las ninfas. No hace falta cerrar los ojos ni flipárselo. Ellas, sencillamente, están. Allí, en esa hornacina coqueta, junto a las fuentes santas, sucede la cosa sincrética. Esta presencia llama al corazón blando y hace que el espíritu se recoloque. Está en un lienzo del muro viejo del colegio de las Josefinas y late junto a los vapores del agua mágica como un farolillo de certezas. Del otro lado del muro están las viejas piscinas romanas, que enterraron en hormigón nada más descubrirlas, porque lo importante, al parecer, era construir una cancha de baloncesto. Toda esta presencia antigua late hacia afuera, como las fuentes. Desde niño, sin saber nada, como tantos otros, me he parado junto a esta virgen-ninfa y la he visitado en su reja. Allí se la sigue viendo, entre dos columnas de piedra bien labradas, en un muro de sillares sin tiempo, rodeada de velas, oraciones y algún exvoto simbólico. Es un altarcito que insiste en la misma idea que los sacerdotes romanos cuando hacían correr sangre animal por la piedra de sus aras. Una carta al mismo genio del lugar.
A papá le encantaba pasar junto a esta virgen-ninfa, devoción de prostitutas y marginados. Nos lo contaba al pasear hasta este rincón de la ciudad que todavía es arrabal y siempre estuvo fuera de la cerca antigua. La virgen de piedra no es la figura primera. Vino de la ermita del Posío, porque la original era de leño y la ardieron cien años atrás. A las ninfas del agua de esta ciudad las quieren callar con fuego, pero todos sabemos que son fuego porque vienen del fuego del corazón del mundo. Reconforta seguir pasando junto a este muro viejo, en la ladera que baja hacia el río muerto que un día fue importante. Pasar por delante y sentir la luz de la hornacina es lo que queda de una adoración antigua y la certificación de santidad del agua, la ventanilla exprés para protecciones de vapor. La mejor comunión con las ninfas sucede en esta esquinita de desamparados, donde el que cree se limpia por el hecho de creer. Es bajar los escalones, desatender el telefonito y las histerias digitales y acercarse a donde siempre se está en calma. Una ventanilla de cordura. El lugar de la ninfa.
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