Carlos Risco
COSAS QUE CONVIENEN
Lo que deberíamos desaparecer de ciudades y vivideros
No me cuesta nada recordar aquellos años en los que lo mejor del ciclismo eran las chapas de refrescos con las que luego uno peleaba por el maillot amarillo imaginario en carreteras de tierra diseñadas a conciencia con mis amigos Cristóbal, Sindito, Manuel o Eloy. Sean Kelly y el Kas eran mis favoritos y las caras de los ciclistas salían en el interior de chapas mimadas al detalle.
No queda casi contacto con ninguno de ellos. La vida te va llevando por etapas en las que el inicio y la meta cambian sobre la marcha.
También recuerdo las llagadas en el centro de la ciudad cuando la Vuelta tenía el artículo en minúscula, o al menos eso creo, y con ella llegaba una tómbola ambulante de gorras, bidones, posters y cromos que se hacia notar.
En los años siguientes no sabría decir mucho de ella. Sí del Tour, pero no de la Vuelta.
Ahora es otra historia. Quién o quienes la dirigen han conseguido un resurgir mediático y deportivo plausible. Un escaparate publicitario bien vendido y recorridos exigentes y vistosos que hacen viable la presencia de los mejores aunque sea tras exprimirse en Francia.
La apuesta que ha hecho la Diputación sí me suena. Me recuerda a la que hizo por la selección de baloncesto y que algunos iluminados sin luces enterraron de antemano. Las entradas duraron una semana. Y al año siguiente, dos tazas. El mismo augurio e idéntico desenlace. Porque hay apuestas que van sobre seguro, y esta es una de ellas. Motivo para presumir de Ourense y elogio obligatorio para quién lo ha hecho posible.
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