Xi gana a Trump

CRÓNICA INTERNACIONAL

Publicado: 27 sep 2026 - 01:50
Opinión en La Región
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Que Donald Trump vaya a recibir a un mandatario extranjero a la pista de aterrizaje de un aeropuerto militar es un gesto que el inquilino de la Casa Blanca reserva para muy pocos. Lo hizo en su momento con Putin en Alaska y este miércoles, al presidente chino, Xi Jinping, lo recibió a los pies del avión. Lo que podría ser una muestra de cortesía parece reflejar en realidad dos verdades incómodas: la veneración del estadounidense por los autócratas con poder absoluto, y, en este caso, la necesidad imperiosa del republicano de que Xi se muestre dispuesto a asumir la estabilidad estratégica que conviene a ambos en todos los asuntos que les enfrentan. Lo presenciado estos días en Washington demuestra que el verdadero poder no necesita gritar ni escenificar desquicio. El verdadero poder lo tiene el que sabe que, aún sin ceder un centímetro, va a ser tratado con esos honores.

Pero nada más. Xi Jinping no ha tenido que ceder ni una pizca en sus ambiciones estratégicas ni en sus alianzas globales; le ha bastado con conceder un respiro temporal a Trump para que este pueda vender ante sus votantes que la relación con China está apaciguada.

Esta visita de Estado ha puesto de manifiesto una superioridad china que escenifica la inversión clara de los roles tradicionales entre los dos gigantes. Detrás de las sonrisas de compromiso, las palmadas en la espalda y los discursos sobre una “competencia amable y sana”, lo que Washington ha escenificado es una profunda y preocupante posición de debilidad. La política exterior norteamericana, reducida desde hace tiempo a un choque improvisado de aranceles y exabruptos en redes, ha terminado impactando de frente contra la fría estrategia china. Trump, acorralado por el precio interno de los carburantes y el tambaleo económico que genera su propio desorden fiscal, se presentó a la cita sin apenas cartas que jugar. China, por su parte, plantó cara a la amenaza arancelaria -la tregua caducaba en noviembre y se ha ampliado hasta enero- y dejó claro que no solo no acepta las amenazas de Trump, sino que no ha dado una respuesta definitiva sobre su aceptación, mientras Trump trata de vender estabilidad antes de que los indicadores domésticos le pasen aún más factura en las elecciones de medio mandato del próximo mes de noviembre.

El saldo real de la reunión del Despacho Oval es un retrato fiel del pragmatismo chino frente a la gesticulación norteamericana. Apenas noventa minutos de conversación han bastado para firmar una prórroga de dos meses en esa tregua comercial. También se ha tratado de puntillas la promesa de crear un canal de comunicación para aquello que tiene que ver con el avance, los límites y los riesgos de la inteligencia artificial. Pero nada más. Xi Jinping no ha tenido que ceder ni una pizca en sus ambiciones estratégicas ni en sus alianzas globales; le ha bastado con conceder un respiro temporal a Trump para que este pueda vender ante sus votantes que la relación con China está apaciguada.

Para el resto del tablero mundial, está cumbre bilateral deja también un panorama inquietante. Las grandes crisis de nuestro tiempo, que van desde el avispero de Irán hasta la regulación ética de la tecnología que definirá el próximo siglo, siguen estando en manos de la improvisación. Con su grandilocuencia habitual. Trump ha anunciado que van a suceder “cosas extraordinarias”, pero el resultado de las conversaciones de los líderes de las dos principales potencias mundiales ha acabado como el que Trump mantuvo con Putin, con más incertidumbres y acuerdos de mínimos que no llegan para resolver los problemas del desorden mundial que el propio presidente de Estados Unidos ha creado.

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