Modesto Camoeiras, el ourensano enamorado de Holanda que se hizo a sí mismo
EMIGRACIÓN
El ourensano Modesto Camoeiras ha basado su vida en el servicio. Sus 40 años en Holanda no solo lo convirtieron en un gran profesional, sino en una mano benefactora dentro del colectivo migrante.
En la Rúa da Paz número 8 de Allariz vive Modesto Camoeiras, un hombre de paz. Junto a su esposa Concha Álvarez, el invierno es tan solo un fenómeno exterior que no resiente la calidez del hogar. Quien traspasa el umbral de su puerta no tarda en percibir que lo reconfortante del calorcillo no se debe solo a la calefacción, sino a la enorme generosidad de los anfitriones.
Una escalera de roble lleva hasta una buhardilla, que no lo es realmente: es un museo personal cuya finalidad no es el engrandecimiento propio, sino dar testimonio, a través de la gratitud, de todo lo que se ha recibido. Allí, entre colecciones numismáticas y de sellos, cámaras Kodak y Minolta de los años 90, entre antiguos reportajes de La Región, adosados en pancartas, hay un objeto que es el origen de todo cuanto le rodea: una maleta gris con la cual llegó Modesto Camoeiras a Holanda en 1965. “De esta maleta mágica salió esta casa y todo lo que hay dentro de ella es la maleta de los sueños, la que me ha dado todas las alegrías y todos los reveses que me han permitido llegar hasta aquí”, explica Modesto con un leve temblor en la mano y el incipiente diamantillo de una lágrima que se esmera en disimular.
Viaje a la semilla
Los interlocutores de Modesto Camoeiras, apenas le escuchan, saben que hay en el octogenario un manantial de relatos vitales: “Nací en O Canizo, A Gudiña, en 1940, plena posguerra. Éramos cuatro hermanos y los tiempos más difíciles no podían ser. Mi padre murió en el accidente de una mina cuando yo tenía seis años. Me recuerdo guardándole las vacas a un vecino para poder comer. Mi madre nos crio como pudo, pero en un mundo de honradez y sacrificio. Entonces mandaban los curas y los guardias civiles. El futuro que podíamos esperar era una versión de lo peor del pasado. Con todo, ya siendo mayor de edad, logré comenzar a trabajar como operario de Renfe, con lo cual la cosa mejoró algo, pero la ilusión no duró mucho: al regresar de la mili en África mi puesto había desparecido; y esa injusticia fue la que me impulsó a buscar nuevos horizontes. Conseguí entonces un contrato legal para trabajar en Haarlem, Holanda, en una fábrica de medias. Al llegar me di cuenta de lo importante que era aprender el idioma, y lo primero que hice fue comprar un diccionario, e ir a clases de holandés por las noches. Era un gran reto, pero me gustaba. Muy pronto me di cuenta que más que el dinero mi gran ganancia fue comenzar a descubrirme, hacerme a mí mismo”.
Soldador para la NASA
Modesto Camoeiras, en busca de una mejor situación económica, luego de un año, y de pasar satisfactoriamente un curso básico de soldadura, comenzó a trabajar en una empresa holandesa líder en el sector. Con el tiempo, y el empeño de un trabajo riguroso, fue escalando profesionalmente hasta convertirse en un experto en soldadura con acero inoxidable. No tardaron operarios de la NASA en contactarle. “Hacia 1975, en el pueblo marítimo de Norveg, hice sobre todo estructuras de satélites que todavía están en el espacio”, confiesa con orgullo Modesto.
39 años en La Región
El hombre que había aprendido holandés, y ya era una referencia en el sector de la soldadura aeroespacial, sintió de pronto que podía dar mucho más de sí. Fue entonces cuando cursó una formación en fotografía, compró una cámara Minolta, y poco a poco se convirtió en el cronista de la emigración española en Haarlem y otras ciudades holandesas. El 25 de diciembre de 1966 publicó su primer reportaje en La Región Internacional, el órgano de prensa más importante de los gallegos en el exterior. Su colaboración con crónicas sobre actos culturales, bodas, bautizos y sucesos, se extendió durante 39 años, hasta su regreso en 2005.
Esta vocación periodística le convirtió en un conocedor de la emigración española en Holanda y, por tanto, en un benefactor de los recién llegados. En la hemeroteca de La Región, mucho más que páginas fragilizadas por la cirrosis del tiempo, sus colaboraciones conforman un testimonio ineludible a la hora de escribir la historia de los migrantes gallegos en los Países Bajos.
Labor social
Modesto Camoeiras se casó en Holanda y tuvo allí dos hijas. Cada Navidad viaja hasta Haarlem para pasar las fiestas con sus dos nietos. Durante los 40 años que vivió en Países Bajos, no fue un espectador pasivo. Ayudó a fundar el Centro Español de Haarlem (1966) y a mantenerlo activo. Esto implicaba, por un lado, velar por la transmisión de la cultura hispánica a los hijos españoles a fin de que mantuviesen la conexión con sus raíces, y por otro, auxiliar a aquellos migrantes que llegaban sin conocer el idioma, y por lo general, con escasos recursos. Esto último consistía en organizar colectas y actos benéficos para facilitar el proceso de acogida e integración social de los recién llegados. “Yo me compadecía de cada migrante con que me cruzaba en el camino, en cada uno de ellos veía también mi historia, y sentía que lo justo era ayudar, compartir. En ese sentido colaboré mucho con el padre Bussink, un sacerdote católico que hizo mucho por los extranjeros latinos en Haarlem. Ayudábamos a compatriotas españoles, italianos, portugueses, y hasta algún que otro cubano, a conseguir papeles y trabajo. Si hay una alegría que llevaré conmigo, es la de haber intentado en todo momento ser de utilidad para el desvalido”, alega Modesto Camoeiras con una sonrisa de satisfacción iluminándole el rostro.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último