El edadismo pone límites que provocan soledad no deseada
SOLEDAD NO DESEADA
Un estudio indica que prejuicios asociados a la edad favorecen exclusión social y autoexclusión
El edadismo desempeña un papel determinante en la soledad no deseada que sufren muchas personas mayores al restringir tanto sus posibilidades reales de participar en la vida social como las expectativas sobre lo que creen que pueden hacer. Esta es la principal conclusión del estudio “Vinculación entre el edadismo y la soledad. Analizar, sensibilizar y prevenir la discriminación a personas mayores”, elaborado por la Fundación Grandes Amigos a partir de entrevistas y grupos de trabajo desarrollados en varias comunidades autónomas.
La investigación, basada en entrevistas en profundidad a personas mayores de la Comunidad de Madrid, Galicia, Cantabria, Euskadi y Extremadura, además de un grupo focal de profesionales del ámbito social, analiza cómo la discriminación por edad condiciona las relaciones personales y favorece situaciones de aislamiento que, con frecuencia, pasan desapercibidas. El objetivo del trabajo ha sido identificar los mecanismos que conectan los estereotipos sobre la vejez con el progresivo deterioro de las relaciones sociales y el aumento de la soledad.
Los investigadores identifican tres niveles desde los que actúa el edadismo. El primero es el estructural, relacionado con la organización de los servicios, las normas sociales o los sistemas de atención, que limitan la autonomía y la participación de las personas mayores. El segundo es el relacional, donde aparecen comportamientos como la infantilización, la invisibilización o la exclusión cotidiana, que terminan provocando retraimiento e incomodidad.
Un círculo
El tercer ámbito es el subjetivo y, según los autores, resulta especialmente preocupante porque las propias personas mayores acaban interiorizando esos estereotipos. Esa percepción les lleva a reducir sus expectativas, renunciar a actividades o evitar determinadas relaciones por miedo a convertirse en una carga para los demás, iniciando así procesos de autoexclusión que agravan la soledad.
El estudio también constata que la experiencia del envejecimiento es diferente según el género. Mientras muchas mujeres arrastran trayectorias vitales marcadas por los cuidados, con menos recursos económicos y redes sociales más limitadas, numerosos hombres experimentan una pérdida brusca de relaciones y reconocimiento tras la jubilación.
Los investigadores alertan además de que la asociación cultural entre vejez y dependencia, enfermedad o muerte reduce el propósito vital y refuerza la idea de que envejecer implica dejar de participar plenamente en la sociedad. La presión por aparentar juventud, añaden, también influye en la autoestima y en la percepción del propio valor social.
Como resultado, edadismo y soledad conforman un proceso que se retroalimenta. Las barreras externas dificultan la participación en la comunidad, mientras que la interiorización de esos prejuicios reduce la iniciativa para mantener vínculos personales. El informe concluye que combatir la soledad no deseada exige actuar no solo sobre las personas afectadas, sino también sobre las estructuras y estereotipos que alimentan la discriminación por razón de edad. Solo mediante un enfoque integral, que combine políticas públicas, cambios culturales y una mayor implicación de la comunidad.
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