La salud mental, una presa para ‘‘la trampa de los likes’’

NARCISISMO CONTEMPORÁNEO

Al interactuar con algoritmos, las personas perciben falsas emociones como muestras de empatía

Dos adolescentes conectados a internet desde sus móviles.
Dos adolescentes conectados a internet desde sus móviles.

Selfis, ‘‘likes’’, mascotas que nos ofrecen amor incondicional, dispositivos diseñados para el placer individual o robots capaces de mostrarnos una aparente empatía. Aunque puedan parecer fenómenos inconexos y propios de la sociedad digital, todos ellos comparten un denominador común: alimentan un individualismo cada vez más normalizado que, según el psicólogo especialista en psicología clínica Marino Pérez Álvarez, está transformando nuestra manera de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos, con importantes consecuencias para la salud mental.

La búsqueda incesante de validación externa, mediante ‘‘likes’’ y comentarios, genera una autoestima frágil ante la mirada ajena

El libro de Pérez Álvarez ‘‘Selfis, satisfyers, mascotas, y robots’’ (Deusto, 2026), se presenta como un manual para alertar sobre los signos del narcisismo contemporáneo, un fenómeno alejado del concepto habitual del narcisismo, entendido como un trastorno de la personalidad, tal y como nos explica, y más cercano al narcisismo social, cultural y normativo. “Esta manera de ser ya no es tanto una patología, o una forma extrema de comportarse, sino algo normalizado, algo habitual, y donde prima la autoestima, independientemente del mérito, así como una dependencia por la aprobación de los demás. Pero no deja de suponer también una vuelta de tuerca del individualismo, de estar uno centrado más en uno mismo que en los demás”.

La búsqueda incesante de validación externa, canalizada mediante ‘‘likes’’ y comentarios, genera una autoestima frágil que depende de la mirada ajena. Esta paradoja expone una contradicción estructural: a mayor obsesión por la imagen personal peor bienestar individual.

Sustitutos tecnológicos

La crianza y la socialización de las nuevas generaciones reflejan con claridad este cambio de paradigma. Entornos caracterizados por la sobreprotección y el consentimiento sistemático dificultan el desarrollo de la tolerancia a la frustración. En este contexto, cualquier inconveniente cotidiano tiende a interpretarse como una amenaza o un síntoma patológico. Asimismo, los sustitutos tecnológicos y afectivos que ofrece el mercado actual brindan la ilusión de una empatía inmediata y sin fisuras.

Al interactuar con algoritmos o con animales de compañía cuya devoción es incondicional, la persona evita la fricción, el desacuerdo y el esfuerzo adaptativo inherentemente asociados a los vínculos humanos reales.

El trasfondo de esta tendencia estriba en la evitación del conflicto interpersonal. Las interacciones humanas exigen reciprocidad, capacidad de negociación y asimilación de la diferencia. Al reemplazar estos espacios por herramientas diseñadas para responder exclusivamente a los deseos individuales, se consolida una estructura egocéntrica que debilita el tejido social. La crisis de salud mental que atraviesa la sociedad hiperconectada no se deriva únicamente del aislamiento físico, sino de la pérdida de habilidades comunitarias frente a un ecosistema que sitúa al individuo como el centro.

La hiperconexión puede causar desgaste emocional

El paso de la interacción directa a la validación mediada por pantallas impacta de forma profunda en la estructura emocional. Entre las causas culturales de este fenómeno, resulta fundamental examinar los mecanismos psicológicos concretos que alimentan y perpetúan este ciclo de dependencia digital.

El consumo constante de interacciones en redes sociales desencadena dinámicas de recompensa inmediata que distorsionan gravemente la percepción del valor personal. La aprobación cuantificada en métricas visuales opera como un estímulo intermitente: al ser impredecible, incentiva la revisión compulsiva de las plataformas y una autoexposición continuada. Cuando la respuesta del entorno virtual no satisface las expectativas proyectadas, la ausencia de ese refuerzo positivo deriva en un profundo desasosiego, inseguridad y una comparación destructiva frente a los estándares irreales mostrados por otros usuarios.

En paralelo, el habitual repliegue hacia zonas de confort sin fricción -donde el contacto social se limita a dispositivos complacientes, asistentes virtuales o relaciones unidireccionales- atrofia de manera progresiva la resiliencia personal. La capacidad individual para tolerar el rechazo, la crítica o el desacuerdo inevitable disminuye a medida que la persona se habitúa a vivir en un entorno enteramente diseñado a su medida. Como consecuencia directa de esta falta de hábito, cualquier exposición a situaciones interpersonales reales termina generando un desgaste emocional desproporcionado e inmanejable.

Comprender la dimensión psicológica de este escenario resulta vital para identificar herramientas eficaces de afrontamiento y protección. Reducir la vulnerabilidad no exige aislarse por completo de la tecnología moderna, sino reestructurar el peso otorgado a las métricas externas, fortalecer la autonomía afectiva individual y cultivar la aceptación activa de la complejidad intrínseca a las relaciones humanas genuinas.

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