GASTRONOMÍA OTOÑAL
Vilariño reinventa su “bullote” y busca nuevos caminos futuros
GASTRONOMÍA OTOÑAL
Producto por excelencia del otoño en el Macizo Central ourensano, las castañas comienzan ya a asomar y, con ellas, llega una de las estampas más características de la estación. Reinarán en los sotos, donde maduran entre erizos, pero también en los magostos, alrededor del fuego, como manda la tradición.
Por su gran calibre, su textura y ese sabor característico que la distingue, el “bullote” de Vilariño (nombre con el que se conoce a la castaña en esta zona) es mucho más que un producto de temporada: es una auténtica joya ligada al territorio y a la identidad de sus productores. Durante las últimas décadas, la mayor parte de la producción se comercializó en fresco, sin apenas transformación y, por tanto, con un margen limitado para incrementar su valor añadido en origen.
Enmarcado en la línea de ayudas “Talento interxeracional” de la Xunta de Galicia, un proyecto impulsado por la Asociación Vive Viariño ha reunido a jóvenes y mayores del municipio en torno a un objetivo común: recuperar el potencial de un producto ligado a la identidad de Vilariño y explorar nuevas formas de aprovecharlo. El proceso abarca toda la cadena de transformación, desde la selección y preparación de la castaña hasta la elaboración de los productos finales.
El resultado es una gama que va mucho más allá de la comercialización en fresco. El “bullote” se transforma en harina y mermelada de castaña, pero también encuentra nuevas aplicaciones en productos como bálsamos labiales y otros cosméticos, abriendo la puerta a usos y mercados hasta ahora poco explorados.
“El objetivo es que un producto de una calidad excelente no tenga que salir de aquí únicamente para venderse en fresco. Podemos elaborar nuestros propios productos, transformar la materia prima y darle un mayor valor añadido”, explica Yolanda Rodríguez, responsable del proyecto.
Un total de 14 voluntarios, siete jóvenes y siete mayores, agrupados en parejas, han sido los encargados durante todo el año de llevar a cabo la trasformación de los “bullotes” de la campaña pasada obteniendo unos resultados “excelentes”, declara Yolanda.
A través del proyecto también se ha adquirido el equipamiento y los instrumentos necesarios para desarrollar los distintos procesos de transformación. Una inversión que ha permitido comprobar que dar una segunda vida a la castaña y convertirla en nuevos productos no requiere de procesos especialmente complejos, sino de iniciativa, conocimiento y, sobre todo, ganas de ponerlos en marcha. “No son procesos tan complejos; solo hay que tener ganas, y a nosotros eso nos sobra”, explican los impulsores de la iniciativa.
Con la nueva campaña de la castaña a las puertas, algunos de los vecinos que han participado en la iniciativa ya se plantean dar un paso más y continuar el proyecto a título individual. La idea es clara: elaborar sus propios productos, explorar nuevas formas de transformación y comercializarlos directamente en ferias y otros espacios de venta.
“Hemos aprendido cómo hacerlo, tenemos un producto de calidad al que podemos darle un valor añadido y contamos con los medios para llevarlo a cabo”, aseguran. Un aprendizaje que podría convertirse ahora en una oportunidad real para generar actividad económica en el propio territorio y evitar que todo el valor de la castaña se pierda fuera de él.
Quizá este sea el punto de partida para que en las Terras do Invernadoiro comience a germinar un proyecto innovador en torno a uno de sus recursos más característicos. Un camino que ya cuenta con referentes próximos, como Amarelante Sociedade Cooperativa Galega, una iniciativa asentada en el municipio vecino de Manzaneda que ha demostrado que la transformación, la comercialización y el trabajo colectivo pueden convertirse en herramientas para poner en valor los productos del territorio.
El entusiasmo no falta, aunque tampoco se ocultan las dificultades. Los participantes señalan especialmente las exigencias administrativas y burocráticas que implican poner en marcha una actividad de transformación alimentaria, desde la obtención del registro sanitario hasta la tramitación de los diferentes permisos necesarios. “Son obstáculos que pueden frenar el impulso inicial, especialmente cuando se trata de pequeños productores que parten prácticamente de cero”, apuntan.
Aun así, la semilla ya está plantada. El proyecto ha permitido adquirir conocimientos, experimentar con nuevas posibilidades y, sobre todo, descubrir que detrás de una castaña de calidad hay mucho más que un producto para vender en fresco. Ahora queda por ver si esa semilla germina y si, con ella, surgen nuevas iniciativas capaces de aprovechar, transformar y comercializar en el propio territorio un producto que durante generaciones ha formado parte de su identidad.
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