La Región
La "buena fe" de los herederos de Franco
¡Cuánto dolor!, ¡cuánto sufrimiento!, ¡cuánto amor!. El camino de tu larga vida ha estado sembrado de espinas, has soportado con entereza y dignidad las más terribles angustias que una madre puede sufrir. Tus hijos, fruto del inmenso amor que sentías por tu marido, se han adelantado a ti en su cita con la Dama del Alba. Porque ¿hay algo más doloroso para una madre que la muerte de un hijo? ¡No! y tú has sufrido la pérdida de todos los que has parido. Has aceptado lo inevitable con la resignación de una santa, te habías quedado sin lágrimas pero siempre había una sonrisa de tristeza para aquellos que te visitaban. Has tenido el amparo de tus cuidadoras, el cariño de tu amiga Mª Elena, la protección de Carmiña, amiga íntima de tu hija , el afecto de tus nietas Bea y Cati y de su madre Marité. Cuando murió tu hija Mary el mundo había dejado de interesarte, deseabas la muerte y esta se mostraba esquiva con tu deseo, pero a la misma hora, el mismo día y un año después del fallecimiento de tu hija has abandonado esta tierra inhóspita en que tanto has sufrido. Ya estás con tu querido Gerardo y tus amados hijos, has dejado de sufrir, descansa el sueño eterno de los buenos y generosos. Hasta siempre querida tía.
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