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A veces, la persona que te hace llorar no es quien te rompe, sino quien consigue llegar hasta donde llevabas años intentando no sentir…
Cuentan que en algún rincón invisible del mundo existe alguien capaz de escuchar los silencios que nadie comprende, de reconocer las heridas que se esconden detrás de una sonrisa y de descubrir las lágrimas que jamás llegan a caer.
No tiene rostro ni nombre… nadie sabe de dónde viene ni dónde habita. Algunos dicen que aparece cuando el dolor se vuelve demasiado grande para seguir guardándolo; otros, que se acerca a quienes han aprendido a fingir que nada les duele.
Lo llaman el artesano de las emociones, porque conoce el secreto de los corazones. Sabe que hay tristezas, miedos que crecen con los años y recuerdos que aunque el tiempo los cubra de polvo siguen sangrando en silencio. Pero su mayor misterio no es hacer llorar a las personas, sino conseguir que vuelvan a sentir.
Existen almas que, después de haber sido heridas demasiadas veces, construyen muros tan altos que ni siquiera ellas recuerdan cómo era vivir sin temor. Aprenden a no esperar, a no confiar, a no querer demasiado. Se convencen de que la soledad es más segura que el amor y de que no sentir es la única manera de no sufrir.
Hasta que un día aparece alguien… alguien que entra en el alma sin previo aviso, sin pedir permiso y descubre la ternura escondida detrás de la rabia, el miedo detrás de la indiferencia y el amor detrás de todas esas palabras que nunca nos atrevemos a decir.
Es entonces cuando sucede algo extraordinario… el corazón, que llevaba tanto tiempo protegiéndose de todos y de todo, comienza a abrir sus puertas.
A veces esa persona nos hace llorar; no porque quiera hacernos daño, sino porque consigue tocar aquello que nadie había sabido encontrar. Nos hace llorar por lo que perdimos, por lo que nos faltó, por todo lo que tuvimos que soportar en solitario y por las veces que necesitamos un abrazo y nos acostumbramos a sobrevivir sin él… pero también nos emocionamos porque por primera vez alguien nos ve de verdad.
Y cuando esas lágrimas finalmente caen, comprendemos que no todas las lágrimas son una señal de tristeza. Algunas son el comienzo de la libertad, otras, la prueba de que todavía queda esperanza y algunas, las más inesperadas, surgen cuando descubrimos que, incluso después de todo lo que hemos vivido, aún somos capaces de amar.
Tal vez el verdadero artesano de las emociones no sea quien fabrica nuestras lágrimas, sino quien nos devuelve la capacidad de sentirlas.
Y tal vez, entre todas las personas que conoceremos a lo largo de nuestra vida, exista una que llegue hasta el rincón más oscuro de nuestro corazón, encienda una pequeña luz y nos enseñe que no hemos nacido para escondernos del amor… sino para encontrar, algún día, a alguien ante quien ya no tengamos que fingir que somos invencibles.
José Manuel Varela Mosquera
(Ourense)
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