La Región
Un ático en Chamberí
Hasta la presunta “fachosfera” se ha indignado. El supuesto “club de los 61” ha dejado pequeñas las andanzas de “matachari”. Nada pude compararse al ultraje de que, en un país donde el salario más frecuente es inferior al precio medio del metro cuadrado de inmueble, el Gobierno de una comunidad autónoma se haya dedicado a especular con un ático de seis millones de euros. Esta fechoría (o gesta, según la trinchera desde la que se escriba) ha demostrado lo abusivo del poder político tradicional y lo avariento del capitalismo salvaje que nos invade, a golpe de pisos turísticos y cimbreos caribeños.
Los abusos del poder político se remontan a aquellos sátrapas del antiguo despotismo oriental que ofrecían en bandeja la cabeza de los traidores a los emperadores in pectore, o a los caciques andinos que inspiraron a Joaquín Costa el más fiel retrato del político español que nunca se trazó.
Ambos devotos de la ley silvana del que uno es dueño de lo que mata, que se convirtió en herramienta favorita de emperadores y reyes para expoliar a sus súbditos; hasta que la dependencia existencial del proceso civilizatorio posneolítico hizo innecesarias mutilaciones y decapitaciones, sustituyéndolas por leyes y decretos confiscatorios.
Pero si hablamos de retratos del abuso, el gran Eslava Galán nos regaló la pintura fotográfica del capitallismo salvaje en España: el marqués de Salamanca, ávido arribista que, con los millones de la sal, le prestó millones a la hacienda de Isabel II, adquiriendo en pago del préstamo numerosos inmuebles públicos y la grandeza de España. El mismo que adquirió numerosos chalecitos (los áticos de la época) para alojar a sus “traviattas” “madamas butterfly” y demás odaliscas en la desaparecida calle de la ese.
Incluso dejó, como legado simbólico, uno de los palecetes que construyó en lo más selecto del Madrid pudiente, hoy sede de una de las entidades avarientas que subyugan a los españoles que acuden a ellas menestoros de crédito, porque su sueldo es inferior al metro cuadrado de sus grandes esperanzas, que diría el bardo de la edad victoriana de la que descendemos.
Ángel Argüelles López de Maturana
(Bizkaia)
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