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Cada vez quedan menos cines. Su época dorada terminó hace tiempo, cuando ir a ver una película era toda una experiencia colectiva. Las salas se llenaban con historias de todo tipo: bélicas, del oeste, románticas, españolas, de terror, de culto… incluso aquellas que marcaron la transición democrática. Y junto a las películas, estaba la emoción del público: risas, miedo, lágrimas… y el inevitable “¡Sssshhh!” que imponía silencio.
El cine fue también una gran fábrica de sueños, que impulsaba a directores y actores hasta el estrellato. Pero esa etapa quedó atrás. Hoy las pantallas del hogar han sustituido a las de las salas, gracias a las plataformas digitales. Los intérpretes y los equipos de rodaje siguen existiendo, pero ahora la industria se enfrenta a un nuevo desafío: la irrupción de la Inteligencia Artificial y las recreaciones digitales, capaces de abaratar costes y transformar la producción audiovisual.
Nos preguntamos entonces: ¿Qué se pierde en el camino? Quizá ir al cine era mucho más que ver una película; era un reflejo de la sociabilidad en tiempo real, donde se compartía espacio, emociones y lenguaje corporal. En cambio, las redes sociales -aunque nos conectan- también fomentan el individualismo y ocultan a menudo la verdadera imagen de quienes se expresan en ellas.
Las innovaciones no siempre son sinónimo de progreso para todos. Ganamos comodidad y tiempo, sí, pero también corremos el riesgo de perder algo esencial: el instinto humano de compartir y vivir experiencias juntos.
¿Es este el futuro de la humanidad?
Pedro Marín Usón
(Zaragoza)
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