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A tenor de los funerales de Estado por los fallecidos en la dana, el acto por las víctimas del accidente ferroviario -solo quince días después- resultaba extraño. Las emociones y sensibilidades están tan elevadas que se ha pospuesto sine die.
Ayudamos al instante, como los habitantes de Adamuz. Pero nuestro carácter mediterráneo y el cabreo ante las explicaciones oficiales no casan con la paciencia, ni en gobernantes, familiares ni expertos tertulianos que lo saben de todo y para todo. Lo prioritario es generar ruido para que el accidente no se enfríe.
Ocurrió con la dana y se repite ahora con el tren. Tenemos el corazón en un puño, lo que dificulta cerrar un suceso que traerá polémica. En este país, asumir responsabilidades no es costumbre, aunque se demuestre que los raíles de alta velocidad generan vibraciones indeseadas. A veces, dan ganas de poner al frente de estos viajes a quienes lo llaman mera mala suerte.
Se posponen los funerales, pero no el temor a viajar en tren. Sin un plan claro para devolver la confianza, su recuperación será larga. ¿Por qué llevamos tan mala racha de acontecimientos luctuosos? ¿Qué cambios se han producido para evitar otra dana?
Pedro Marín Usón (Zaragoza)
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