La Región
Álvaro no debería jubilarse nunca
Uno, en esta vida, está a lo que está y nada más. O eso debía de ser. Pero no. A lo largo de mi vida me he encontrado con gente que no estaba ocupando el sitio que la sociedad le había atribuido ni haciendo lo que tenía que hacer.
Un tornillo flojo o mal colocado. Que sobraba, vamos.
Nunca me cansaré de decir que no hay nada más bonito y placentero que trabajar en aquello en lo que disfrutas. Y que por encima te paguen a fin de mes. Ahí se ven los buenos profesionales y las mejores personas que te puedes echar a la cara.
Con toda esa gente te gusta vivir y trabajar.
A menudo, suelo tomar un vino aquí y otro allí, -cuando me encuentro solo y falta la pandilla-, entonces me entretengo con el periódico o viendo pasar lo que pasa en el local o la tele que nadie mira, y no me surge un problema de conciencia cuando el diligente camarero me pregunta cuántos vinos he tomado, si dos o tres -es una bendita pregunta- que yo le devuelvo y le respondo con toda seriedad, y al mismo tiempo poniendo cara de herido, que solamente dos. Naturalmente, no sé por qué, pero el problema de conciencia -no lo tengo por pecado ni siquiera por falta leve- desaparece rápidamente y me siento un auténtico personaje lleno de convicción y respeto. Uno de los dos no está a lo que debía estar, y yo me marcho con un vino invitación de la casa o de la mala memoria de un torpe camarero. Y mira que solo somos cuatro gatos los parroquianos a pie de mostrador. Esto a veces, cuando solo la soledad te acompaña, es una bendición de los cielos que te quita de la monotonía alegrándote la tarde. Es el reintegro de la lotería.
Pero a lo que iba, que iba bien, voy a poner solo unos ejemplos:
Hay más casos, en la caja del súper, la cajera diciéndote toda sonriente si quieres bolsa te va haciendo la valoración, pero no metiéndola en la bolsa lo que acabas de comprar que tienes que meter tú mismo si quieres.
Es una profesión -tanto la de cajera, como de atender detrás de una ventanilla u otras similares- que odio profundamente: ver la cola que depende solo de mi persona me puede y mucho.
Ya no te digo nada si por necesidad tienes que acercarte al centro médico de tu pueblo, yo siempre me hago el remolón y espero el turno de la amiga y conocida, -que siempre me sonríe- y que me noto que tiene una cierta deferencia conmigo. Pero eso es otra cosa que se llama diplomacia o buenas relaciones sociales que forman parte de mi manera de pasar por la vida y de saber estar o no saber estar.
José Rodríguez Gómez (Negreira)
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