Sabor agridulce
Postrado en el lecho premonitorio de lo inevitable, espero la muerte con sabor agridulce. Por un lado, la creencia en un Dios misericordioso y justo, me mantiene en calma ante tanta duda humana sobre el destino transitorio del espíritu; y por otro, las que generan el ritmo de la descontrolada presión social unida a la banalidad mundana que, arrasan a la mejor de las bondades: el amor y la comprensión del ser humano. Inevitablemente nos movemos entre dos fuerzas antagónicas que se han de batir en duelo para discernir lo absurdo de la que siempre pierde. Nada fácil de controlar en la ardua batalla que nos plantea la vida.
Hoy, he sido testigo de la muerte de la que siempre pierde; aunque una pequeña muesca queda cincelada en el corazón.
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