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Hay una estirpe de delincuentes que no necesita pasamontañas para desvalijarnos; les basta con servilismo, mantel y papel térmico. Son los defraudadores de la hostelería -esa minoría tóxica que urge denunciar-, sujetos que han convertido la “factura proforma” en una herramienta para ocultar operaciones que deberían quedar documentadas.
Cuando, después de cobrarte, te entregan una proforma como si fuera la factura, no es un simple descuido administrativo: es utilizar un documento sin validez fiscal como sustituto de la factura correspondiente.
Si esa práctica se utiliza deliberadamente para no registrar o declarar una venta, hablamos de fraude fiscal y dinero negro. No es picaresca; es un latrocinio social perpetrado por quienes confunden la codicia con la astucia. Estos sinvergüenzas exigen seguridad y sanidad de calidad, pero algunos pretenden ahorrarse su obligación de contribuir a sostenerlas. Mientras el ciudadano honrado cumple, quienes ocultan ventas trasladan su carga al resto de la sociedad.
Basta de eufemismos. Una proforma puede servir como documento previo, pero no puede sustituir a la factura que corresponde por una operación ya realizada y cobrada.
Ante el fraude, tolerancia cero: si después de pagar le entregan únicamente una proforma, conserve el documento y denuncie los hechos.
Porque pagar impuestos no debe ser opcional para unos mientras los demás cumplen.
Miguel Fernández-Palacios Gordon (Madrid).
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