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Una persona de 96 años, encamada, con múltiples patologías: insuficiencia respiratoria, insuficiencia cardíaca , el estómago inflamado y muy duro, una hernia inguinal de unos 5-6 kilos. Llega a urgencias al CHUO de Ourense. Lo atienden rápido, le ponen medicación y lo intentan estabilizar.
Nosotros, las personas que lo queremos, felices de que le hayan dado una habitación en cardiología para poder tratarlo como merece una persona que lleva toda la vida cotizando.
Nos dicen que está bastante grave, que tiene muchas patologías y que si necesitamos asistencia psicológica que la tendremos disponible. Nosotros sí, tendremos asistencia, pero a mi abuelo lo derivan a Piñor. Lo derivan a un edificio de más de 70 años, con las habitaciones que se caen a trozos, con ventanas que no se pueden cerrar, camas del paleolítico, con frío, con una única luz para los tres pacientes que ocupan la sala, sin permitir si quiera que alguien pueda descansar o no. Todos a la de una. Uno de los compañeros de mi abuelo es Pedro. Una persona mayor, con problemas seguramente de demencia o alzhéimer y que se encuentra atado a la silla, sin poder moverse, sin poder taparse con la manta que se le ha caído al suelo y sin que nadie esté pendiente de él.
Si te pones un ratito en el pasillo solo verás aparecer camillas con personas de muy avanzada edad, esas personas que ya molestan en un hospital digno. Esas personas a las que le queda poquito tiempo de vida y que esos últimos momentos se los van a pasar en un lugar frío, viejo y austero, como parece que son estas personas para el servicio público.
Por otro lado, nosotros, las familias, también nos merecemos un trato digno. Poder estar con nuestro familiar, acompañándolo en su recuperación o en otros casos, tristemente en sus últimos alientos.
Al dirigirnos al personal sanitario y exponer todas nuestras quejas en valor, recibimos estas contestaciones a preguntas como:
-¿No hay tele?
- La tele la podéis traer de casa.
Al protestar por las sillas sucias y oxidadas nos contestan que “nosotros tenemos que atender al paciente, no a las familias”.
Ya no solo importa que el hospital sea viejo, también la falta de empatía. A final solo somos eso, familias que quieren acompañar a nuestra persona querida. A nuestra madre, padre, abuelo, abuela. Tenemos que cuidar a quien nos ha cuidado a nosotros antes. Ahora nos toca a nosotros. Es la única forma de devolverle todo lo que nos han dado. Y este no es su sitio. Aquí no.
María Blanco (Ourense)
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