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Estamos en la época dorada de las comunicaciones, todo el mundo tiene al menos un teléfono móvil y cada vez nos sentimos más incomunicados, con una dificultad extrema para establecer relaciones con otras personas por muy próximas que las tengamos.
Subimos en un ascensor con un vecino y nos parapetamos en el móvil para no saludarnos, viajamos durante varias horas en un vagón del AVE frente a otras personas y evitamos mirarnos para no entablar la más mínima conversación, caminamos hablándole al viento, tropezándonos con otros movildependientes o con cualquier peatón despistado.
Estas y otras tantas situaciones se producen a diario en nuestro entorno y ya nos resulta tan cotidiano que si vemos a alguien sin el móvil en la mano nos parece sospechoso, y si el que carece de él es uno mismo, nos sentimos desvalidos, huérfanos y desprotegidos.
Desgraciadamente hay muchas adicciones que nos persiguen o nos esclavizan y hay que tenerlo muy claro para resistirse a su influjo, pero no nos percatamos del altísimo grado de dependencia que tenemos del móvil y de lo que puede significar estar sin él.
¿Realmente utilizamos el móvil para comunicarnos ? En muchas ocasiones hacemos todo lo contrario, nos servimos de él como muro protector ante los demás, para aislarnos. En definitiva, para incomunicarnos. Pero no podemos prescindir de él porque nos tiene esclavizados.
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