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Hacía más de treinta años que no iba a este restaurante. Las vistas, siguen siendo las mismas. Un balcón privilegiado sobre la parte interior de la Ría de Vigo, en el camino que sube hacia A Madroa desde Teis, apenas unos metros antes de llegar al cementerio municipal de esa parroquia viguesa. Sigue teniendo la misma parra que tan agradable sombra proporciona en días de calor como estos últimos. Y una cocina que ha cambiado de generación. Hubo otros cambios, como por ejemplo un ascensor para facilitar el acceso a personas con movilidad reducida y notables mejoras en el comedor.
Pero, afortunadamente, hay cosas que no han cambiado. La cocina de temporada, más de mar que de interior, con pescados y mariscos. Por ejemplo unas nécoras de las que caben cuatro en un kilo, o unas luras que ahora están en su mejor momento. O el pulpo de la ría, ahora que ha vuelto después de la veda. Los chocos en su tinta los tienen todo el año. Hace cuarenta y un años abrió las puertas por primera vez y durante las décadas de 1980 y 1990 llegó a ser un clásico, tanto para tapear mientras se tomaba un vino del Condado como para comer. Hoy el negocio está en manos de la segunda generación, Roberto, como su padre, que ha querido y ha sabido preservar la esencia de aquella cocina.
Aunque a mí me da la sensación de que la ha mejorado.
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