CONVERSACIONES CON EEUU
Cuba ahora o la crónica de una capitulación anunciada
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El lenguaje corporal no miente. Una cosa es el discurso retórico, y otra la expresión de un rostro que refleja el verdadero estado orgánico de un poder ya en la sala de cuidados paliativos de la Historia. Si se comparan las imágenes de Díaz-Canel de su toma de posesión en Cuba en 2018 con las de hace tres días, mientras anunciaba en televisión que el gobierno “mantiene conversaciones” con la Administración Trump, el cambio trasciende el paso lógico de ocho años.
El mandatario muestra una pérdida de peso evidente, una palidez cetrina y unas ojeras que sugieren un estrés crónico que en psicología clínica se denomina “hipervigilancia defensiva”.
Es el rostro de una dictadura, que aún cuando simula una posición de ventaja, no hace más que pactar una capitulación por asfixia técnica: sin el petróleo venezolano, la anemia energética ha llegado a un punto de no retorno que marca el fin de una era.
Digo mentalmente “el fin de una era”, y la incredulidad me engarrota los dedos sobre el teclado. Pero recupero la elasticidad cuando pienso en el segundo anuncio revelador hecho el pasado viernes: la liberación próxima de 51 presos políticos, que la barbarie comunista designa con el eufemismo de “personas privadas de la libertad”. Esta es la más evidente señal de la vulnerabilidad crónica que atraviesa el engendro totalitario.
Se trata en el fondo de una rendición pactada, porque un régimen que operó siempre sobre la base de la manipulación y el secretismo, no va admitir ahora el desmantelamiento estratégico del sistema a manos de Estados Unidos.
Pero, oh cuidado, incautos e hiperoptimistas, los cambios que se operen no se materializarán sobre la ruina total de la dictadura, sino que todas pistas parecen indicar que, salvando las diferencias sustanciales, el referente será el modelo venezolano: la Administración Trump no quiere recibir un país en franco estado de ingobernabilidad, sino que apuesta por mantener apuntaladas algunas estructuras que garanticen un orden en los procedimientos de cambio y transición hacia una democracia tutelada, hacia una libertad cuyo alfabeto político los cubanos tendrán que comenzar a balbucear tras 67 años de amnesia y censura.
La narrativa oficial intenta presentar estos contactos como un ejercicio de “igualdad y respeto mutuo”, pero la realidad descrita por fuentes externas y rumores confirmados dibuja un escenario distinto.
Se ha reportado que las verdaderas negociaciones no ocurren en los canales diplomáticos tradicionales, sino en mesas discretas en México, lo que subraya la persistencia de una estructura de poder dinástico que utiliza a Díaz-Canel como biombo civil o simplemente el chivo expiatorio encargado de dar malas noticias, o buenas, según donde se mire.
Lo que el régimen vende como “disposición al diálogo en igualdad de condiciones”, es una negociación desesperada; las “acciones en beneficio de ambos pueblos”, no es más que la búsqueda de garantías de una salida para la élite, que en verdad son la familia Castro y sus allegados históricos.
Un pueblo que atraviesa apagones que superan las 24 horas es un pueblo en estado máximo de desesperación: moverse a una capital de provincia califica como hazaña porque apenas existe transporte; las neveras apestan como ataúdes con un difunto de tres días; las medicinas más elementales son imposibles de adquirir, y así se suceden estas y otras tragedias asociadas a la más feroz supervivencia.
Este escenario que se replica en toda Cuba, hizo que el municipio de Morón en la provincia de Ciego de Ávila, se lanzara a las calles en la noche del 13 de marzo, mismo día que el aparato diera la “noticia” de hallarse en “conversaciones” con la Administración Trump.
Pero lo que convierte esta protesta popular en una reacción inédita, fue la estampida en la sede del Partido Comunista y la quema furibunda de símbolos sagrados de la dictadura: retratos de Fidel y Raúl Castro, pancartas con consignas, entre otros estandartes de la liturgia comunista.
En la mitología revolucionaria cubana, el PCC es la “fuerza dirigente superior de la sociedad”; ver su sede arder mientras la policía recurre a disparos contra civiles desarmados -hiriendo a un joven en el muslo- marca el fin de la hegemonía moral del régimen.
El suceso de Morón es el síntoma de una sociedad que ha pasado de la queja (el cacerolazo) a la acción directa contra la arquitectura del castrismo. El corte deliberado de internet en la localidad durante el incidente confirma que la dictadura comprende el potencial viral de estas imágenes, que funcionan como un incentivo popular. La respuesta oficial, centrada en la represión y en culpar a “agentes externos”, choca frontalmente con la realidad de un pueblo harto de vivir en la oscuridad y el hambre.
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