Alamares en el cielo

EL ÁLAMO

Publicado: 26 feb 2026 - 00:05
Opinión en La Región
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De la tarde que cae como muerta, campanean unas vetas de sol en los tejados, y el clamor de la luz hace que una costra invernal se desvanezca en mis ojos. Andan en gracia los gorriones, vaporean aromas de heno los campos de las afueras de la ciudad, y a las gaviotas les ha mordido ya el veneno del instinto carnal. Si es un paréntesis en la galerna, que sea eterno, aunque sea mentira.

Los mayores de la ciudad se echan a las calles con la ilusión primera y pueblan bancos y terrazas. Recortan flores tempranas en los arbustos, arrojan un mendrugo de pan a los bichos de los parques, y sonríen en silencio ante las pantomimas de los nietos, mediado el rostro por el sol, libres al fin sobre el suelo sequísimo entre jardines. Menos de un mes para la primavera, y ya percibimos sus aromas sensuales, porque otro año hemos sido heridos por el frío, porque la lluvia lo ha vuelto todo reuma, porque el aire está hediondamente condensado en esta España cansina y cansada. Nación entristecida y aún lluviosa, nación perdida.

Taconean sus zapatos las muchachas elegantes, en el entretiempo de los abrigos que sobran, pero con la melena artística de una peluquería reciente, como de boda, y hay ya vestidos de atrevimiento florido y vuelo libre, y algún espontáneo cóctel color fresa entre delicadísimas manos, mediada la tarde, como quien celebra el absentismo doméstico con brotes de travesura. Se hace hueco a versos, un año más, la superioridad estética de las chicas, cuidando cada detalle descuidado en el vestir, belleza para repartir entre ojos nobles, frente al campanudo y desaliñado vestir de los muchachos, dejándose ir por las fisuras dantescas de la vida, como adoradores de un dios idiota, que menea la cintura con desprecio mientras escupe su canción vocinglera con tildes dominicanas con la triste esperanza de que ellas arrastren el culo por el suelo de una discoteca.

En un par de horas será el atardecer de las cañas, volverán como oscuras golondrinas los vampiros de los bares a ocupar sus balcones, y bajarán a ritmo de samba los barriles de cerveza

Lejos de la vulgaridad, hay lenguas azules inéditas en los cielos, con formas de amores olvidados, una brisa suave que se volverá carámbano en horas, y piden saeta las imágenes recortadas en añil, enclavadas en la facha de esplendorosas iglesias. El griterío que sigue al timbre escolar llena la avenida de enjambres de uniformes, promesas, retos y risas, y el templado cariz de la tarde invita a detenerse en cada rincón antes de volver a casa. Es hora también de los balones rodando en las plazas, del primer paseo del bebé sin la cápsula espacial de plástico, que levanta el dedo diminuto al infinito, como pidiendo a Dios un deseo: la eternidad de su primera tarde cara a cara con el anticipo de una primavera, mecido en exclusiva por manos de madre.

En un par de horas será el atardecer de las cañas, volverán como oscuras golondrinas los vampiros de los bares a ocupar sus balcones, y bajarán a ritmo de samba los barriles de cerveza. Habrá un partido y un beso, un abrazo para siempre, un borracho contando historias excesivas, y un par de chicas de gesto severo jugando a que sus problemas de facultad y trimestre son los más graves del planeta. Y todos se mezclarán en bares y terrazas, esperando a la noche, la primera sin lágrimas del cielo, que verá salir a los erizos de las cavernas, para vestirse de bohemios y quemar la madrugada en los mismos bares que detestan.

Inevitable el recuerdo, cada vez que asoma marzo, del año sin primavera, el del encierro y la locura de los gobernantes, y lo que nos dolió después ver la belleza despierta del mundo entero, en plazas, calles y jardines, en campos y playas y mares, y tanto paraíso que nos tuvimos que perder, tras aquel invierno sin final feliz, en el que sobrevolamos atardeceres, uno tras otro, viendo como caía la oscuridad, la penumbra más densa y silenciosa que jamás conocimos dentro de la gran urbe.

Por suerte estamos aquí y asoma marzo, en otro año de celebrar la vida y el sol, de echar de menos, de embriagarnos con las mieles primeras de un amor prometido, de abrazar bajo una luna urgente, y de golpear nuestras jarras de cerveza con otras igual de alegres o igual de tristes. No habrá, en fin, silicio ni algoritmo en la tierra que logre sofocar tanta fecundidad, tan bravo ardor del corazón, tanto anhelo de vida, de verdad, y de belleza, ni habrá España más bella que la que emerge hoy con la promesa de una próxima primavera.

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