El campanario del adiós (I)

Publicado: 25 jun 2024 - 04:35

Aquella fría mañana de invierno en la que regresaba después de tantos años al lugar por el que transcurrieron los primeros años de mi infancia y juventud, una intensa niebla inundaba el valle y no me permitía ver la silueta de aquellas calles y casas entre las que tanto jugué, reí, lloré y soñé. En Galicia hubo épocas en las que mucha gente emigró a países de América que, en la mayoría de los casos, eran invitados, reclamados decíamos, por amigos y familiares que nos estaban esperando para ayudarnos a dar los primeros pasos en nuestra nueva vida por aquellas tierras.

En la imagen de aquella panorámica del valle en el que se encuentra el pueblo donde nací, sobresalía el campanario de la iglesia a la que acudíamos todos los domingos y festivos siguiendo el sonido de aquellas viejas pero muy sonoras campanas que nos marcaban los tiempos y las distintos acontecimientos que se celebraban. Por los tañidos de aquellas campanas sabíamos cuándo había fiesta o una procesión, cuando tocaban a difunto o cuando había un incendio. La imagen de aquel campanario que ahora estoy contemplando desde el atrio de la iglesia y que espero me acompañe en mi despedida, la he recordado todos los días de estos más de cincuenta años de ausencia que han transcurrido desde que una mañana del mes de abril embarcaba en el puerto de Vigo rumbo a un desconocido destino donde me esperaban familiares y amigos de mis padres, que me iban a presentar y ayudar en mi nueva vida en aquel país americano. Tenía 17 años.

Prefiero no poner nombre a mi primer destino americano porque ese país puede ser tan válido para el Norte como para el Sur, para el Atlántico, el Pacífico o para el Caribe, daba igual, era América, era otro mundo, otra vida, otros sueños. No es muy fácil de explicar por qué no regresé en todo estos largos años, pero ya se sabe lo que pasa, soy yo y mis circunstancias, decía el amigo Ortega y Gasset, y esas circunstancias -es decir, proyectos, viajes, familia, más viajes, más proyectos, más dificultades, más objetivos, más años- fueron los que impidieron que regresara antes, a pesar de que siempre estaba al corriente de todo los que sucedía por aquí gracias a los medios de comunicación, sobre todo a La Región Internacional, que me llegaba puntualmente todas las semanas y que leía, mejor devoraba, con verdadera devoción.

Entrando por aquellas calles y plazas por las que tanto corrí y jugué durante los 17 años que viví en este pueblo, la primera impresión y la primera sorpresa que me llevé fue la sensación de abandono que podía ver por todas partes. Parecía otro pueblo. No en cuanto a las casas y calles que, prácticamente, estaban igual; el gran cambio estaba en que ahora no había vida, no había gente, no había niños, cuando en aquellos años había dos escuelas con más de cuarenta niños y niñas cada una; no había animales, cabras, ovejas, vacas, no había bares ni comercios, parecía un todo abandonado. Después de recorrer medio pueblo me encuentro, por fin, con una pareja de ancianos que estaban sentados frente a su casa, a pesar del tiempo transcurrido, no dudé en reconocerlos y ellos a mí.

-¡Carallo! Tú eres Genaro, o fillo da Eudosia.

-Pues claro, y tú eres Antonio y tú, no me lo digas, tú eres Carmiña, venga un abrazo después de tantos años sin vernos.

-¿Cuántos años han pasado? ¿Cincuenta? ¿Sesenta? Da igual, el caso es que estamos vivos y lo podemos celebrar, pasa, pasa, esta es nuestra casa que, como ves, no ha cambiado mucho, excepto la cocina y los baños que los hemos cambiado al regresar, ya jubilados, de Alemania donde nos pasamos más de treinta años trabajando cerca de Fráncfort.

Nos pasamos muchas horas recordando aquellos tiempos de nuestra infancia y juventud, han pasado años, muchos años, pero viendo los cambios que hemos sufrido, en lugar de los años transcurridos realmente nos daba la sensación de que podían haber sido siglos, porque nuestra vida en aquel pueblo en los años cincuenta o sesenta del pasado siglo no sería muy diferente a las que podría haber vivido un niño de la época romana o de la Edad Media.

Después de unas copas del inolvidable licor café que tan bien hacía la abuela de Carmiña llegamos a la conclusión de que estábamos siguiendo la pauta de los salmones, es decir que, presintiendo que están viviendo la etapa final de la carrera de su vida, vuelven al río que les vio nacer para finalizar su estancia en este mundo, pero sin lamentos, resentimientos ni reproches, al contrario, felicitándonos de haber llegado a la vejez, ese privilegio que tenemos los que hemos llegado a esa edad donde el concepto de muerte natural tiene su mejor sentido. Lo que pasa es que lo de viejo, vieja está muy mal visto, todo el mundo quiere ser joven cuando a esto llega cualquiera, lo difícil, lo que tiene mérito, es llegar a viejo. No entiendo cómo a estas alturas no hemos conseguido celebrar el día del orgullo senil.

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