Las carnestolendas aurienses

TRIBUNA

Publicado: 11 feb 2026 - 07:50
Cigarrón de Monterrey. La Esfera nº 369 . / Dos reproduciones de los cigarrones a tamaño natural. La Región nº 17220. / Comparsa campesinos de Salzburgo con caretas en 1912.
Cigarrón de Monterrey. La Esfera nº 369 . / Dos reproduciones de los cigarrones a tamaño natural. La Región nº 17220. / Comparsa campesinos de Salzburgo con caretas en 1912. | La Región

La mitología, quizás, quedó relegada al olvido…; pero, Momo, no. El volcán de las pasiones humanas, año tras año, casi siempre entre febrero-marzo, encuentra el ambiente propicio para revivir. Es el período, por lo general, de quienes tienen el espíritu dispuesto para la exaltación. La fiesta del Carnaval, en sí misma, se reviste de caracteres marcadamente pasionales. En la Edad Antigua ya había un largo período de diversión que unía casi las fiestas de la Navidad con el Carnaval. Después de las saturnales venían las lupercales, y a continuación, las bacanales. En realidad, conectaba la festividad de los inocentes con las carnestolendas. Luego, en los primeros siglos del cristianismo, con tradiciones que estaban tan arraigadas, por ser ancestrales, se da un proceso de sincretismo religioso. En especial, con las caracterizadas por el desenfreno.

Carnaval de niños en el Liceo-Recreo. Vida Gallega nº 371.
Carnaval de niños en el Liceo-Recreo. Vida Gallega nº 371. | La Región

España, fue de los países que no les dio la espalda a Momo -personificación del sarcasmo en la mitología griega-, ni, por lo tanto, tampoco al carnaval. Incluso, hay quienes piensan que fue uno de los lugares en los que tuvo mejor asiento. Lo cierto es que, en concreto, las mascaradas náuticas, parecen remontarse, a las celebraciones que hacían los marineros en la costa mediterránea en tiempos de los árabes. De ellos, se cree que, los propios venecianos, copiaron el carnaval. Y, aunque de tradición morisca, los cristianos, amantes de crear nuevas formas híbridas, no lo trataron con desdén. Para desnaturalizar las costumbres romanas, impulsaron otras con un cambio de “look”.

En comarcas, como las del Támega, veían la luz trajes de personajes legendarios típicos del folclore gallego. De ellos emergía, entre otros, la figura del cigarrón vestido con la mitra de bicho pintado, seis cencerros y el látigo.

Aun así, en los siglos XV y XVI, volvieron a revestir un carácter tan libertino que, en tiempos de Juana La Loca, se prohibió la fiesta. No sería la única que lo hizo. En la propia ciudad de Cádiz - ¿quién lo diría hoy en día? -, ya en 1832, el gobernador, deseando contener los excesos que pudiesen cometer los más imprudentes, prohibía el disfraz de máscara, tanto en los teatros, como en las fiestas privadas o en las calles. Pretendía que la ciudadanía se divirtiese sin traspasar los límites de la ley. Casi setenta y cinco años más tarde, en Ourense, Celso Ferro, primer teniente alcalde, con funciones de primer edil, hacía algo parecido. Sacaba un bando en el que impedía disfrazarse de ministro de la religión católica, militar o magistrado. Vetaba proferir expresiones deshonestas, arrojar objetos que pudiesen perjudicar a los transeúntes, deambular por las calles con caretas, después de haber anochecido, e incluso, llevar estandartes con escenas políticas que pudiesen excitar los ánimos. Los bandos municipales estaban a la orden del día. A menudo, se convirtieron en medidas preventivas. Por lo general, trataban de preparar a la ciudadanía para disfrutar del reinado de Momo - dios de la sátira y de la locura-, con moderación. Esta divinidad expulsada del Olimpo, en castigo de sus burlas, despertaba, en ocasiones, una pasión desmesurada entre la población.

Comparsa de Ribadavia, Los Vampiros. Foto de Pacheco 1918.
Comparsa de Ribadavia, Los Vampiros. Foto de Pacheco 1918. | La Región

A principios del siglo XX, los puntos que alcanzaban mayor esplendor con motivo de la fiesta, eran la calle del Instituto y la Plaza de la Constitución. Allí se libraban batallas de confeti y serpentinas. Aun así, en las primeras décadas de la nueva centuria, por momentos, el Carnaval parecía desvanecerse. En 1906, en la ciudad de las Burgas, lo único que destacaba la prensa era la actuación dos agrupaciones, por un lado, La Lira Lucense, y, por otro, la Tuna Portuguesa de Sacramento -una localidad del distrito de Lisboa-, dirigida por Pepe Pérez Builla. Ambas habían recorrido con músicas y cantos tanto las calles como las sociedades de la capital. Las carnestolendas, en la capital, paulatinamente, habían ido pasando de los pasacalles o las carrozas, a refugiarse en los salones de baile o en las sociedades de recreo. Tan solo en los pueblos de la provincia, se aprovechaba este pequeño paréntesis para darle una alegría al ánimo. Para ellos sí representaba la relajación de las conveniencias sociales. Allí, cada cual no solo hacía lo que la fantasía le dictaba sino lo que la tradición le mandaba.

Foto Villar 1932. Comparsa de Puente Canedo, La Troya.
Foto Villar 1932. Comparsa de Puente Canedo, La Troya. | La Región

Al igual que en algunas localidades centroeuropeas, como Salzburgo -pequeño ducado austríaco donde nació Mozart-, los campesinos, en el carnaval, les daban vida a antiguas supersticiones, con indumentarias, máscaras y cubrecabezas ancestrales. En comarcas, como las del Támega, veían la luz trajes de personajes legendarios típicos del folclore gallego. De ellos emergía, entre otros, la figura del cigarrón vestido con la mitra de bicho pintado, seis cencerros y el látigo. Pintorescamente, se suponía que era la indumentaria de los encargados de cobrar el tributo de las “cen doncellas” o los bastidores de caza del Conde de Monterrey. El ropaje, de auténtica supervivencia prehistórica, les daba inmunidad, a la vez que les exigía estar en continuo movimiento.

Evidentemente, en estas localidades el Carnaval subsistía porque era parte de la mentalidad colectiva. Lo celebraban porque la juventud estaba obligada a seguir transmitiendo el patrimonio cultural inserto en la tradición. En otros escenarios era distinto. La Niza de los millonarios y artistas, ya no era la Roma de los centuriones y libertos; ni el boulevard era la vía Popoli… El Domingo de Quincuagésima -domingo anterior al miércoles de ceniza- en aquellos lugares era la careta o el disfraz; en otros, como en Salzburgo o en la comarca del Támega, era la historia.

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