El cine de verano crea ágora

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Publicado: 30 ago 2026 - 05:30
Jornada de cine de verano.
Jornada de cine de verano. | Lucía Otero

Algo atípico pasa en verano, sobre todo en agosto. Las grandes ciudades se vacían, las empresas ralentizan el paso y los pueblos se llenan. En las calles donde antes se veía a la gente correr de un lado para otro, ahora pasean. El descanso en la playa, en los parques, en las plazas vuelve a nuestras vidas como una pequeña reconquista del disfrute y la calma. En los espacios pensados para todos, en el ágora, vuelve a surgir uno de los mejores atractivos estivales: los cines de verano.

Durante décadas, los cines al aire libre han protagonizado una de las tradiciones populares más apreciadas en nuestro país. Estos cines públicos y a la intemperie surgieron durante el siglo XIX, cuando el cine aún era joven y su acceso limitado. Su origen está vinculado a las ferias ambulantes, en las que se proyectaban distintas películas en aquellas ciudades por las que pasaban. A partir de este origen, a principios del siglo pasado, distintos cines españoles empiezan a ofrecer sesiones en lugares improvisados. Una de las causas fue la huida de las altas temperaturas que se registraban en las salas de cine cerradas durante el verano, motivo por el que el cine reacondiciona sus patios traseros para convertirlos en salas temporales.

Iniciativas como Cine na Rúa o el autocine de verano, impulsado por el Ourense Film Festival, ponen de relieve el papel que puede tener el cine como herramienta de disfrute compartida

El formato se populariza y, unido del auge del turismo hacia el Mediterráneo, se convierte casi en un evento identitario del verano en España. Podemos encontrar estos cines casi en cualquier lugar. En las grandes ciudades, como en Madrid, donde vi mi primera película de Almodóvar, "Dolor y Gloria", en la Galería de Cristal del Palacio de Cibeles. Pero también en las pequeñas localidades que aprovechan tapias y frontones o laterales de las casas do concello para proyectar la cinta de la forma más nítida posible. Así, por casualidad, me topé con una sesión en Bouzas, en Vilamarín, cuando regresaba a mi casa. El campo de fútbol, en plena plaza, se había convertido en un auténtico cine de todos de forma improvisada. O en Ourense, donde pude ver, en el patio de la Biblioteca Pública Nós, mi primera película de Woody Allen, "Toma el dinero y corre", una historia que se había estrenado unos treinta años antes de mi nacimiento y por la que empezó mi cariño por las películas "antiguas”.

Estas plazas y parques, que años atrás fueron el escenario principal de una vida puesta en común de forma natural, con niños jugando en la calle y vecinos charlando en los bancos, todo rodeado del bullicio del trasiego de la gente, hoy han experimentado un cambio drástico. En la mayoría se ha dejado atrás ese foro de socialización para convertirse en zonas de paso. La popularización de la arquitectura hostil ha eliminado un gran número de bancos donde sentarse o árboles bajo los que resguardarse del calor. La ocupación comercial de muchos de estos lugares hace que el ocio y disfrute colectivo quede relegado al ámbito privado, a terrazas de bares o restaurantes. En demasiadas ocasiones, el espacio público ha dejado de ser un lugar de encuentro libre para convertirse en un territorio gestionado por manos privadas y condicionando el acceso al ocio bajo una barrera de pago.

La presencia del séptimo arte en estas plazas permite imaginar que otras dinámicas son posibles en estas zonas de todos los ciudadanos.

Los cines de verano o de barrio son también un revulsivo frente a estas tendencias. Asociaciones culturales, de vecinos y los propios ayuntamientos han puesto en marcha proyectos para organizar estas proyecciones a sus pueblos durante los meses de verano. Iniciativas como Cine na Rúa o el autocine de verano, impulsado por el Ourense Film Festival, ponen de relieve el papel que puede tener el cine como herramienta de disfrute compartida. La presencia del séptimo arte en estas plazas permite imaginar que otras dinámicas son posibles en estas zonas de todos los ciudadanos. Por ellas pasamos a diario, pero conviene repensarlas para habitarlas. El deseo de recuparar lo común y disfrutar en compañía ya existe. Se puede empezar por querer ir al cine, de verano.

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