Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Las costuras de ciudad que siguen siendo aldea
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Quizá, un turista frivolón, después de darse un garbeo por lo que queda de Auria podría concluir que aún sobrevive algo. Tal vez sea capaz de distinguir algo digno en la zona vieja en este amasijo de edificios feos y calles-autopista. quizá una fuente, una puerta todavía en pie, alguna carpintería histórica a salvo de cualquier indocumentado sepulta-patrimonio, que suelen ser, paradójicamente, gente amable y con cierto sentido de la ética y la belleza, aunque se carguen el suelo histórico de la casa vieja, arrasen con las ventanas de castaño o le pongan planchada de hormigón a un edificio antiguo. Probablemente conozcamos y tratemos a muchos de ellos.
Que en Auria sobreviva algo de la ciudad histórica puede resonar en las cabezas de algunos vecinos, ocupados como están la mayoría en la cosa de caminar barrios feos y mal proyectados, calles oscuras y sin árboles, plazas de hormigón, mientras soportan un páramo cultural como hay pocos en todo el cuadrante norte europeo donde lo más rescatable son orquestas de analfabetos
Son tipos respetables. Vierten el patrimonio al desaguadero, pero son buena gente. Que en Auria sobreviva algo de la ciudad histórica puede resonar en las cabezas de algunos vecinos, ocupados como están la mayoría en la cosa de caminar barrios feos y mal proyectados, calles oscuras y sin árboles, plazas de hormigón, mientras soportan un páramo cultural como hay pocos en todo el cuadrante norte europeo donde lo más rescatable son orquestas de analfabetos. Porque, quizá, aquí lo que se tiene por amable y orgánico apenas son unas jardineras costosísimas con plantas de mal gusto y arbustos enanos mientras se tala todo árbol como si una marca de motosierras patrocinase a la corporación municipal. Los últimos árboles talados que he visto son unos alisos sanos junto a la Molinera en río Barbaña. Pero más allá del feor insoportable, de los barrios de aluvión, Auria sigue siendo una vieja capital episcopal. Debajo de la ciudad de superficie, este monstruo amputado, reencarnado, machacado, late una ciudad antigua. Un lugar honesto. Histórico. Con alma de piedra y tierra bajo el hormigón. Una ciudad donde han pasado cosas.
Quién lo diría. Tal vez el señorín que viene en el AVE a darse una paparota o a descubrir que el cacareo de ciudad termal es un timo mayúsculo gestionado por incapaces, piense que la catedral ha estado siempre así, entre autopistas y terrazas, llena de motos del delivery y con los coches de los funcionarios municipales aparcados en la puerta del ayuntamiento como en aquel tráfico de sálvese quien pueda que sólo sobrevive en las postales antiguas. Desconocerá todo de esta ciudad este visitante y no sabrá distinguir, porque nadie se empeña en distinguirlas, las callejas antiguas de cuando “todo esto era campo” y la ciudad terminaba al otro lado del pobre Barbaña. No se enterará, si acaso va a comprar el pan de la mejor panadería de la ciudad, Mestura, en la Avenida de Portugal, que lleva meses siendo una calle en carne viva, de ciudad en guerra, que allí se conservan los lienzos de un camino histórico con un nombre maravilloso, Camiño do Lobishome, que discurre entre huertas, higueras y viñas y que tiene a los lados preciosos muros de piedra seca como las históricas corredoiras y caminos de carros que antes fueron todo el país gallego antes de que los gallegos lo destrozaran. Si el azar lo lleva por ahí y es capaz de tener un corazón conmovido, podrá pensar que en otra geografía sublimarían este tesoro con hermosas luces ambarinas y rescatando su pavimento histórico, que debe estar en algún lugar bajo las capas de cemento bastardo. Quién sabe. A lo mejor, un día, serán los propios habitantes de Auria quienes se rebelen contra esta desmemoria general y quieran rescatar algo de su patrimonio. Pero entonces, tal vez ya no quede nada que rescatar y toda la ciudad será un sambódromo insoportable gobernado por una nueva generación de chimpancés.
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