Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
A esta catedral nuestra la han convertido en atracción. Funesta idea. Ahora hay un señorín en la puerta sur que te pide el carnet de identidad y te cobra una entrada. Estas cosas me sublevan. Cuando algo se musealiza de esta manera todo se vuelve frívolo, se saca de contexto, lo sagrado se vuelve “experiencia” y se le roba al pasado su magia milenaria. Por eso hay que evitar este asunto ridículo de la turistificación de las cosas y entrar en la Catedral cuando sucede la misa, por la puerta norte, donde está el Cristo Barroco. Y pasar sin mirarlo, porque al Cristo que hay ver aquí está en el una de las capillas del deambulatorio, en un lugarcito fenómeno. Es en la capilla del Cristo de los Desamparados donde la Catedral sigue siendo un lugar sagrado y sin tiempo, ajeno a los paseos de panoli de los tours organizados, ese otro horror que también ha llegado a la ciudad, como una infección.
Hay que seguir viniendo mientras se pueda, callar el pensamiento y dejar caer una moneda en el cajetín
El Cristo de los Desamparados es el rey destronado del Santo Cristo, figurín popular de Auria. Pero este Cristo bizantino, esculpido toscamente, de cuando los humanos se olvidaron de cómo se hacían las cosas y hubo que aprenderlo de nuevo, es el que tiene más verdad de todos. Al parecer, lo encontraron flotando en las aguas, no se sabe si del mar o del río. Es un Cristo que no cruza los pies y tiene un clavo atravesado en cada uno, además de otros dos en las manos. El Cristo de los Desamparados, que tiene un nombre maravilloso, no es un Cristo atlético y abdominal tiene un poco de barriguita, y cuelga de la cruz sin drama, como si la cosa de estar crucificado no fuera con él. Es como un tótem indígena. En su sonrisilla parece tener ese poder subterráneo de lo incomprensible. La capilla, con la cal deslavada, tiene el aire más sagrado del resto de la Catedral. A este madero nadie o casi nadie lo visita, o eso queremos pensar los que venimos de vez en cuando. Supongo que todo el que lo frecuenta piensa que este Cristo le dice en secreto que no está solo. Que la vida es un sufridero pero que aquí se encuentra un poco de paz. Que tranquilo, chaval, que qué se te antoja. Y es que al Cristo de los Desamparados de la Catedral se le reza, aunque seas un descreído. Se le echa una moneda, aunque seas experto en esquivar pedigüeños, crowfundings y oenegés. Al Cristo de los Desamparados se le viene a ver, aunque sea un ratito. Este trozo de madera lleva mil años siendo rezado, limosnado, visitado. Y todo eso se queda en uno. Los desamparados antiguos te amparan.
Nadie me trajo hasta este Cristo, al que vengo desde adolescente. A mi también me gusta pensar que fue él quién lo quiso así. Saberse un desamparado es como ser elegido en una comunidad privilegiada y bastan unos minutitos en silencio en esta capilla-delegación para dejar que las cosas se recoloquen y que este leño brillante haga su magia tranquilizadora. Una magia que viene, como las magias mejores, del silencio y la comprensión. Al fin y al cabo, él está ahí, mal colgado y atravesado por cuatro grandes clavos, pero con una sonrisa de despreocupación. Hay que seguir viniendo mientras se pueda, callar el pensamiento y dejar caer una moneda en el cajetín.
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