José Luis Gómez
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Según el diccionario de la lengua castellana editado por la RAE, “vicepresidente es aquella persona que hace o está facultada para hacer las veces de presidente”, una definición sucinta y timorata a la que –también la RAE se la envaina, vaya por Dios- le pesa más la corrección política que la necesaria contribución a la ilustración del vulgo. La definición que nos presenta la Academia huye por tanto de cualquier matiz y prefiere no ahondar en las necesarias responsabilidades del cargo porque, para qué nos vamos a engañar, hacer las veces de presidente cuando el presidente no está no es la única función del vicepresidente, aunque solo sea por ajustar funciones y añadir que hay una tarea de representación que no conviene ni olvidar ni minusvalorar.
En definitiva, en un marco democrático como el que disfrutamos, el vicepresidente es el personaje más cercano al presidente y el que mejor ha de comprenderlo. La tarea implica un añadido de fidelidad inquebrantable, una necesidad de compartir y coincidir que no merece la pena ni explicar, y un alto nivel de comunicación, confidencialidad y confianza. En definitiva en democracia, el vicepresidente debe ser ejemplo de sintonía y desvelo para que la sustitución sea perfecta en los casos en que se necesite apelar a este mecanismo.
En España y por obra y gracia del pacto de Gobierno, tenemos tres vicepresidentes a falta de uno, y seguramente ese es el principio de esta situación absurda a la que nos condena a vivir una calamitosa zarabanda de estadistas de medio pelo que jamás, ni siquiera en los primeros momentos del acuerdo político, se ha planteado lealmente la necesidad de servicio al administrado como tarea esencial por encima de cualquier otro argumento. A partir de esta dejación infame ha llegado todo lo demás, y ha llegado la recolocación de un haragán sin merito alguno en un puesto en el que él se ha impuesto como norma, actuar todos los días a la contra de la definición del diccionario de la RAE y los naturales complementos a la propia definición que impone el discurrir de la vida misma.
Pedro Sánchez dijo que Iglesias le quitaba el sueño. La triste realidad es que hoy Sánchez duerme, Iglesias también. Y los que velamos somos todos los demás.
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