Dilemas complejos

TINTA DE VERANO

Publicado: 25 feb 2026 - 00:55
Opinión en La Región
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La eventual prohibición en España de portar el burka -prenda que cubre completamente a la mujer, popular en lugares como Afganistán- sitúa a nuestra sociedad ante un debate incómodo: conciliar la libertad religiosa con la igualdad de género y las exigencias de seguridad en el espacio público. No se trata de una discusión nueva, pero sí persistente, porque en ella chocan valores que las democracias consideran esenciales.

El problema no es solo jurídico, sino también profundamente simbólico: qué significa la libertad, cuando sus manifestaciones generan inquietud social o sospecha de desigualdad. Así, quienes defienden el derecho a portar el burka apelan a un principio básico: la libertad de conciencia y de religión. Sostienen que, en una sociedad plural, el Estado no debería decidir cómo debe vestirse una persona por motivos espirituales o culturales.

Prohibir una prenda concreta supone abrir la puerta a la imposición de una visión mayoritaria sobre las minorías, con el riesgo de alimentar la estigmatización y reforzar la exclusión social de comunidades ya vulnerables. Sin embargo, el debate no se agota en el terreno de la libertad individual, pues prendas como el burka o el niqab, al cubrir por completo el rostro, plantean interrogantes sobre la igualdad entre hombres y mujeres.

Al debate se suma otro argumento políticamente influyente: la seguridad

Para los críticos, no se trata solo de una simple elección personal, sino del símbolo de una estructura social que limita la autonomía femenina. Por ello, permitir su uso sin cuestionamiento equivaldría a tolerar prácticas asociadas a la subordinación de la mujer en nombre del relativismo cultural. Cabe entonces preguntarse si el Estado debe proteger a las mujeres incluso frente a decisiones que ellas mismas dicen adoptar libremente.

Hasta las propias corrientes feministas divergen en la mejor respuesta ante esta situación. Por un lado, algunas tendencias ven la prohibición como una forma de paternalismo que priva a la mujer de autonomía. Pero, por otro lado, también se aprecia que la libertad solo es real si existe igualdad de condiciones y que, en contextos de presión familiar o comunitaria, la elección individual puede ser más aparente que efectiva.

Al debate se suma otro argumento políticamente influyente: la seguridad. La cobertura total del rostro dificulta la identificación en espacios públicos, edificios oficiales o situaciones que requieren control visual. En un contexto marcado por la preocupación por el terrorismo y la delincuencia, los gobiernos defienden restricciones limitadas, por la necesidad de garantizar la identificación y la protección colectiva.

El riesgo es convertir tal argumento en coartada para políticas motivadas por miedo o desconfianza hacia concretas comunidades. Tales medidas pueden ser desproporcionadas si el problema real es marginal. Además, cuando las restricciones se perciben como dirigidas a un grupo concreto, el efecto puede ser el contrario al deseado: más aislamiento, menor integración y mayor desconfianza hacia las instituciones.

Quizá la pregunta clave no es si el burka debe prohibirse, sino qué tipo de sociedad queremos construir. Una que limite expresiones visibles de la diferencia, para reforzar la cohesión; u otra que las tolere -incluso cuando incomodan-, siempre que no vulneren derechos de terceros. El equilibrio entre libertad, igualdad y seguridad no admite soluciones fáciles. Pero las democracias no se miden por cómo tratan a la mayoría, sino por cómo gestionan sus dilemas más complejos.

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