Serxio María Rodríguez Álvarez
TRIBUNA
Fraga e Beiras: a Galicia que foi
Pedro Sánchez ha convocado elecciones generales para el 29 de noviembre y esto ya es una campaña en toda regla. No sorprende. La convocatoria llega tras soliviantar la calle y amenazar de que “la historia juzgará” a quienes se oponen a erosionar los derechos de propiedad en España. Vivimos un tiempo de populismo generalizado, extendido de izquierda a derecha. Brasil acaba de ofrecer otra muestra: Lula y Flávio Bolsonaro, hijo y heredero político de Jair Bolsonaro, disputarán una segunda vuelta que prolonga la polarización entre dos campos enfrentados. Resulta además significativo que ambos sectores hayan mostrado, desde posiciones ideológicas opuestas, peculiares conexiones con Rusia. Los extremos escenifican detestarse, pero los vasos comunicantes suelen ser reales. Y al fondo suele estar Moscú.
La democracia liberal no consiste simplemente en contar votos. Es un sistema de gobierno limitado, derechos individuales, pluralismo, separación de poderes y respeto a quien pierde. Es la traducción política de la gran conquista ilustrada: el individuo no pertenece al Estado, a una clase, a una nación, a una iglesia ni a una tribu política. El poder existe para proteger su libertad, no para uniformarlo. El odioso populismo rampante invierte esa lógica. Divide la sociedad entre “nosotros” y “ellos” y convierte al adversario en enemigo moral. Para la extrema izquierda, prácticamente todo lo que queda a su derecha es reaccionario o fascista. Para la extrema derecha, todo lo que queda a su izquierda es comunista, globalista o traidor. Y entre ambos va desapareciendo el espacio liberal y centrista que durante décadas desempeñó en Europa una función esencial: pactar, moderar, facilitar gobiernos y obligar a los grandes partidos a buscar terrenos comunes. En España, ese espacio es hoy electoralmente inexistente. Por eso el 29-N amenaza con convertirse en una carrera de insultos, exageraciones y escándalos fabricados para las redes. La crispación moviliza a los convencidos, pero también agota a millones de ciudadanos que no quieren vivir permanentemente enfadados.
El PSOE intentará convertir la vivienda en ariete electoral. Tiene poca autoridad para hacerlo. Ha gobernado casi una década y durante esos años el acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los mayores problemas del país. Sus socios a la izquierda tampoco pueden presentarse ahora como recién llegados: han participado en gobiernos que respondieron a la escasez de oferta con más regulación, inseguridad jurídica e intervencionismo, reduciéndola así hasta la parálisis. Ahora pretenden indignarse ante las consecuencias de sus propias políticas. Vox buscará la hiperventilación por otros caminos, especialmente la inmigración y la llamada “remigración”, y envolviéndose en la bandera. En Vox persiste una nostalgia por el Estado constructor, planificador y paternalista, mucho más próxima al falangismo que al mercado libre. La fascinación por el poder de ese partido es incompatible con cualquier remota veleidad liberal. No lo son ni por asomo. Precisamente por eso el PP tiene una responsabilidad especial. Feijóo no debe competir con Vox en decibelios, sino ofrecer sentido común, posibilismo, estabilidad institucional y respeto.
El PP nunca ganará a Vox intentando ser más Vox que Vox. Pero moderación no significa ambigüedad. Si Feijóo quiere el voto liberal, debe explicar antes de las elecciones qué está dispuesto a pactar con Vox y, sobre todo, qué no. Qué ministerios son innegociables, qué políticas no aceptará jamás y si buscará una investidura externa antes que incorporar al Gobierno a dirigentes incompatibles con una derecha democrática europea. Porque no es lo mismo votar al PP como alternativa al sanchismo que hacerlo sabiendo que el voto puede terminar colocando a la derecha nacional-populista dentro del Consejo de Ministros. Sánchez rompió un tabú incorporando ministros comunistas al Gobierno. Que él cometiera esa barbaridad no convierte en buena idea repetir el experimento en el otro extremo. Jorge Buxadé, por ejemplo, no debería ser ministro de España. Su pasado político en Falange y su posición actual en el núcleo ideológico más falangista de Vox merecen algo más que un encogimiento de hombros. Estamos en 2026, no en 1940. La alternancia democrática no debería consistir en sustituir una hiperventilación por otra, un populismo extremo por otro.
Quedan menos de dos meses. Ojalá alguien decida bajar el volumen. España necesita reformas en vivienda, productividad, pensiones, inmigración, educación y calidad institucional. Ninguna se resolverá mediante un concurso de furia. Una democracia adulta necesita adversarios, no enemigos. Y unas elecciones deberían servir para elegir políticas y gobernantes, no para decidir qué mitad del país tiene derecho a despreciar a la otra durante los próximos cuatro años. No debemos caer en una guerra civil sin muertos, una contienda de eliminación mutua “lights” en el mundo 2.0 de esta España que inicia el segundo cuarto del siglo. Merecemos un país donde la convivencia siga siendo posible. El problema son los extremos. Ambos.
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