Enésimo

Publicado: 23 mar 2026 - 03:10
Opinión en La Región
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Recuerdo haber leído aunque no sé dónde, seguramente en algún clásico grecolatino, la historia de un hombre que tras haber tenido más de una docena de hijos, al último le puso de nombre Enésimo.

Siempre he envidiado, supongo que como un romanticismo estúpido y sinsentido, esas familias de ocho o diez hermanos que se crían desde niños todos juntos como en un campamento. Como si fueran una colonia de perrillos de las praderas asomando la cabeza por el pasillo y el salón de casa de aquí para allá.

Una infancia de dibus de película. Llegas a casa del cole y te encuentras a un hermanito o hermanita en las escaleras. Hay otro en el descansillo jugando con una pelota. Entras y tropiezas con un par de hermanos más que están peleándose en el hall. Vas al baño y el maldito baño siempre está ocupado por varias personas a la vez, así que tienes que hacer cola a la puerta. A la hora de comer aquello se convierte en una especie de zafarrancho salvaje y sin reglas aparentes, aunque las hay y muy estrictas. Por la noche, el espacio frente al único y diminuto televisor parece el patio de butacas del Capitol tomado por una turba de insurgentes sentados en el suelo como indios, que han ocupado hasta el último centímetro cuadrado de la alfombra y los territorios adyacentes. Y los aplausos, silbidos y jolgorio con que se reciben las escenas de las películas, los goles de los partidos, y hasta los anuncios de detergente de la caja tonta son como los de un estreno en ese cine de la Gran Vía de Madrid que cité antes.

El resto nos repartimos en las otras escasas habitaciones de la casa, sobresaturadas como centros de detención de El Salvador. Pero no se confundan y no se equivoquen con las metáforas carcelarias: todos somos libres ahí.

Por fin cuando papá y mamá apagan la tele todo el mundo se va a dormir. Los cuatrillizos a su diminuto dormitorio con sus dos literas que los hacen parecer pequeños presos confinados en Alcatraz. El resto nos repartimos en las otras escasas habitaciones de la casa, sobresaturadas como centros de detención de El Salvador. Pero no se confundan y no se equivoquen con las metáforas carcelarias: todos somos libres ahí.

Bien. Ese es el sueño absurdo e infantil. En realidad yo solo tengo dos hermanos, chico y chica. Pero aunque haya bromeado antes con la idea de la familia numerosa, nunca me ha interesado especialmente.

Volvamos al principio: Enésimo.

De niño tuve un querido amigo en Tabagón (O Rosal) que se llamaba Segundo, aunque en realidad era el primogénito de sus hermanos. Recuerdo una vez a su padre presentándole sus dos hijos mayores a otra persona, un visitante o amigo. Dijo así: “Este é Manuel, o segundo. E este outro é Segundo, o primeiro.”

Yo solo tenía nueve años entonces, pero recuerdo que por un momento supe que el padre de mi amigo podría haber sido tranquilamente don Álvaro Cunqueiro.

Muchos años después siendo adulto yo leería con fruición la obra del mindoniense, aunque solo fuera para confirmar que la infancia en realidad solo es una aspiración del corazón.

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