La enfermedad del lomo

Publicado: 10 abr 2016 - 09:45

Ni culturismo es lo mismo que cultura, ni ilusión es lo mismo ilusionismo, ni ‘lo mismo’ es una enfermedad que afecte al lomo. Parece obvio. Sin embargo hay prójimos que no solo confunden el culo con las témporas –que ya hay que ser gilipollas-, sino que les da lo mismo un ‘no’ que un ‘sí’ por respuesta. Será de locos, pero triunfan como tales con las féminas.

Yo, que no soy ningún experto en la materia, he tenido siempre claro no lo que dicen que quieren las mujeres –un hombre sincero, simpático, con sentido de la responsabilidad, etc.-; ni lo que no quieren –un currelas lleno de estrés que las mantenga a base de horas extras, o que las atufe con flores y piropos-; ni siquiera lo que, medio en serio, anhelan en secreto –un jaguar en el garaje, un visón en el armario y un tigre entre las piernas- ; si no lo que muchas, muchísimas, consienten –un patán sin oficio ni beneficio, un cerdo que se pasa la vida tumbado en el sofá, sin afeitar, bebiendo cerveza, tirándose pedos y leyendo el Marca; o, en el mejor de los casos, poniéndose cachas en un gimnasio mientras ellas dan el callo sin descanso-. Ellas son así. Un tiovivo de emociones. Frágiles en sus firmezas.

Y, claro, ellos se aprovechan. Y se dejan malcriar, como hicieron sus padres por sus parientas (les llaman así a sus esposas); o sus hermanas con sus machacas (así se autodefinen estos mendas). Y como oyen que sus madres, o sus hermanas, pían: ‘no’, ‘basta’, ‘vete’; pero luego cantan: ‘vale’, ‘vuelve’, ‘no me dejes’; e incluso trinan ‘sí quiero’ ante el altar, aunque vivan después en una jaula de estrecheces; y como eligieron, y eligen, burro grande -fostie, rebuzne o dé coces- aunque no valga ni para llevar amarrado del ramal, pues eso, ellos hacen lo propio y no las consideran racionales; y se hormonan en un gimnasio para parecer más bestias; y se tatúan sus nombres en los brazos. A lo macho. Y como ellas –las bellas- tampoco saben freír un huevo, pues ellos no dan un palo al agua, por aquello de la paridad de género. ‘Son como (moros) chicos’, dicen ellas. Y se dejan llamar ‘cari’, ‘chochín’, ‘cosita’, ‘bombón’, ‘gordi’, etcétera.

No soy experto, va ya dicho, en las artes donjuanescas y me da asco este emético almíbar de requiebros, pero mientras no nos eduquéis, ya desde el lecho, o nos malcriéis a base de darnos preferencia en los oficios domésticos, ignorando que el cerebro segrega dopamina con la buena vida y los malos hábitos crean adicciones indelebles, poco habremos hecho. Del sofá de nuestro machismo -y si hace falta con una patada en el escroto- debéis sacarnos con cajas destempladas, si no seguiremos en ‘lo mismo’. La enfermedad del lomo. La enfermedad del hombre. Y nada de circunloquios. ‘Hasta aquí hemos llegado gallito’. ¡Pum! Y muerto el perro se acabó la caza. Creedme, la clave –y el señuelo- está en vosotras: ‘que si as coniñas voaran, como voan os paxaros, o ceo estaría cheo de puntiñas de carallos’. ¿O no? Marcad estilo, marcad clase, marcad los límites y se desvanecerán las diferencias.

Y no matéis a este humilde mensajero. Que os defiende a muerte. Siempre. Lo más coherente que me dijo una mujer a la que con descaro le miré las tetas –ni grandes ni pequeñas, ‘al dente’, como a mí me gustan-, me lo dijo sin cortarse un pelo. Y además me lo dijo por escrito, para que no me engañaran ilusiones ópticas ni me traicionaran alusiones fálicas: ‘Ni lo sueñes –llevaba impreso en su ceñida camiseta- no podrías mantenerme’. Puede que aquel gallo famoso, el de Morón, hubiese quedado algo confuso. Pero a mí, que soy ‘da terra da chispa’, me quedó más claro que el carajo.

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