Jorge Vázquez
SENDA 0011
El trabajador aumentado por IA
Antes de que la mayoría de gente hubiera oído hablar de inteligencia artificial, un matemático llamado George Stibitz cocinaba en su casa lo que parecía un juguete tecnológico: en 1937, con relés telefónicos usados, bombillas de linterna y tiras metálicas de piezas viejas, montó un sumador binario al que llamó Modelo K de “Kitchen” porque nació en la cocina y no tenía nada de elegante. Nadie en Bell Labs le hizo mucho caso: no era bonito, no parecía escalable y desde luego no parecía un producto con futuro.
Tres años más tarde, ese experimento curioso había dado paso a la Complex Number Calculator, una máquina basada en relés capaz de trabajar con números complejos y enviar resultados por línea telefónica. Lo que parecía una tontería era en realidad la primera chispa de una revolución que transformó para siempre cómo calculamos y procesamos información.
Esa historia sirve hoy para poner en perspectiva el debate sobre si la inteligencia artificial es una burbuja. Mucho se escucha acerca de costes astronómicos de centros de datos, consumos energéticos descomunales y retornos de inversión que no siempre son evidentes. A partir de ahí, algunos auguran un estallido inminente, parecido al de la burbuja puntocom de finales del siglo XX, cuando la euforia por internet disparó valoraciones hasta niveles insostenibles.
Ahora la inteligencia artificial está siguiendo un camino parecido: prototipos que parecen juguetes, escalado que genera incomodidad y debates sobre retornos a corto plazo.
Pero como enseñan los antecedentes de la computación, la pregunta clave nunca fue cuánto costaba hacer las cosas, sino qué iba a transformar esa tecnología. Los ordenadores no crecieron de forma estable y progresiva: lo hicieron a base de apuestas enormes sobre tecnologías que parecían inmaduras o incluso inútiles, y acabaron integrándose tan profundamente en la vida cotidiana que hoy nos parecen invisibles.
Ahora la inteligencia artificial está siguiendo un camino parecido: prototipos que parecen juguetes, escalado que genera incomodidad y debates sobre retornos a corto plazo. Los grandes modelos de lenguaje y las plataformas de IA han acaparado inversiones colosales, y las valoraciones bursátiles de empresas tecnológicas vinculadas a la IA han alcanzado cifras nunca vistas. Algunos analistas ven en esto señales de sobrevaloración y especulación exacerbada, y señalan que parte de ese entusiasmo podría ser simplemente hype desmedido sobre lo que puede lograrse en los plazos más cortos que la mayoría imagina.
No obstante, también hay quien subraya que, aunque existen elementos claramente especulativos en las expectativas, la IA posee fundamentos sólidos que ya están generando ingresos y beneficios reales. El crecimiento de sectores enteros alrededor de la IA, desde servicios basados en datos hasta automatización de procesos, indica que esta tecnología no es simplemente una moda pasajera, sino una infraestructura con potencial para integrarse profundamente en múltiples ámbitos de la economía.
Más aún, la historia tecnológica enseña que una burbuja puede estallar sin borrar por completo la revolución que la acompañaba. Tras la explosión de la burbuja puntocom, surgieron gigantes como Google y Amazon, y la economía digital que hoy conocemos se construyó sobre los cimientos de aquella fase de exceso y ajuste.
Lo que está ocurriendo con la IA puede parecer una burbuja vista desde la distancia corta, especialmente cuando los plazos prometidos para cambios radicales no se cumplen tan rápido como se esperaba. Pero si miramos con calma, como hacen quienes observan el paisaje tecnológico con paciencia gallega, veremos que la verdadera cuestión no es si la burbuja estallará, sino qué mar de posibilidades abrirá la tecnología una vez que las expectativas se ajusten a la realidad y los usos cotidianos consoliden su valor.
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