Jorge Vázquez
SENDA 0011
Lo que no se cuenta en el escenario
Hemos consumido un siglo desde los días en los que mis abuelos, una vez concluida la primera Gran Guerra Mundial, se sumaron a la construcción de un mundo mejor, con la esperanza de que sus hijos –mis padres que estaban llegando a la vida- pudieran vivir una existencia próspera, diferente a la padecida por ellos en las últimas décadas del innovador siglo XIX. Tengo la fortuna de mantener vivos los avatares de aquellos tiempos, no por los libros de historia, sino por la destreza al narrar y razonar de mis mayores. Sus vivencias fueron el mejor cuento de la realidad, primero llamada Felices 20 y luego Locos Años 20, después de que en 1929 la década naufragara por mor de los errores estructurales del sistema capitalista. Hoy tengo la sensación de que la mayoría de los acontecimientos los guardo a mano, próximos, y hasta felices.
Volvemos a los años 20 pero en nuestro presente nada es espejo del inicio de aquella década homónima, cuando las grandes ciudades eclosionaron rodeadas de fábricas, sembradas de los primeros grandes edificios de obra civil moderna, donde se transformaron los transportes y las comunicaciones, los derechos de los obreros y la liberación de la mujer entraron en los parlamentos, las modas rompieron corsés, las vanguardias liberaron las artes de prejuicios añejos o religiosos y el consumo utilitario se abrió camino en una sociedad movida por el capitalismo industrial. No vale comparar pero para entender nuestro hoy debemos revisar y valorar aquel ayer interrumpido por los fascismos, por una segunda Gran Guerra, por el descalabro de la II República española empujado por la Guerra del 36, y la larga dictadura franquista. Así, mientras Europa se recuperaba, nosotros atrasamos el reloj cuarenta años.
Nos sorprenderemos al comprobar cómo a los “felices años” los responsables del desastre económico los calificaron de “locos” para esconder los errores del sistema y culpar a la ciudadanía por derrochadora. El mismo proceder empleado durante la crisis del 2008 para convencer a las generaciones actuales de haber “vivido por encima de nuestras posibilidades”. En el capitalismo industrial de entonces estuvo una de las bases del despoblamiento del rural, convirtió al proletariado en precarios propietarios -propicios al conservadurismo-, y creó aglomeraciones urbanas deshumanizadas. Ahora son males pegados a la vida cotidiana como lapas.
En la década prodigiosa del siglo XX subió a su cenit el capitalismo industrial del XIX, como modelo económico global, y cayó a su nadir como consecuencia de la ambición especulativa (los economistas lo explican de otro modo más técnico y más rebuscado, pero no sé si más acertado). La recuperación de la catástrofe llegó en los años cincuenta y, aprendida la lección, se puso en marcha la maquinaria del capitalismo financiero y consumista para acumular plusvalías, con la vana ilusión de mantener un crecimiento permanente, que ahora está en proceso de quiebra, como le sucedió al capitalismo industrial. Del mismo modo que no es físicamente posible el movimiento continuo tampoco lo es el crecimiento continuo, filosofía económica con la que entramos en los nuevos 20 sin que sea posible resucitar el entusiasmo esperanzador de mis abuelos. La nueva década nace en el seno del confusionismo y la desigualdad creciente. Malos síntomas.
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