Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Nos hemos acostumbrado a decir que “los políticos” son el problema, como si hubieran aterrizado en el BOE provenientes de algún planeta exterior. Es una coartada cómoda: nos indigna lo que hacen, pero raramente nos preguntamos qué hemos hecho nosotros para ponerlos ahí y, sobre todo, para mantenerlos. La democracia no se degrada solo por la desvergüenza de quienes gobiernan, sino por la dejación de funciones de quienes votamos.
La primera gran coartada es la desconexión de la realidad. Una parte nada pequeña de la ciudadanía vive en un mundo imaginario, construido a base de consignas de partido, titulares dirigidos y burbujas de redes sociales. Hayek advertía del peligro de sustituir el conocimiento disperso de la sociedad por el relato simplificado del poder. Eso es exactamente lo que hemos hecho: renunciar a mirar la realidad con nuestros propios ojos para aceptar como verdad el argumentario que manufacturan diariamente docenas de adocenados asesores. El relato pesa más que la realidad, el ciudadano se ha convertido en fervoroso creyente y la política en una liturgia.
A esa desconexión se suma una preocupante falta de autocrítica. Nos indignan la corrupción y el sectarismo… pero siempre “el del otro”. El votante medio se considera moralmente impecable: nunca se equivoca, nunca ha votado movido por el clientelismo o el fanatismo y nunca ha mirado hacia otro lado cuando su partido hacía lo mismo que criticaba en la oposición. Von Mises recordaba que las ideas dominantes en una sociedad no son culpa de una minoría conspiradora, sino del conjunto de ciudadanos que las aceptan. Si la cultura política es una tóxica ciénaga, es porque la hemos tolerado. Ni más, ni menos.
El tercer pilar de este desastre que vivimos es el seguimiento incondicional al líder. Hemos convertido la política en un hooliganismo permanente. Se defienden giros de guion, contradicciones flagrantes, mentiras escandalosas y pactos impensables hace años con la misma obediencia emocional con la que se defiende un escudo. Rothbard explicaba que el Estado se sostiene sobre una ficción: la creencia de los gobernados en su legitimidad. Cuando la militancia acepta cualquier cosa que venga de su caudillo, lo que se erosiona no es solo la ética del gobernante, sino la dignidad del ciudadano.
Todo ello nos conduce a la polarización extrema que vivimos hoy en España. No es algo casual, pero tampoco es únicamente el producto de políticos sin escrúpulos. Es el resultado acumulado de millones de decisiones individuales: mirar hacia otro lado, justificar lo injustificable, comprar el relato cómodo y negarse a rectificar.
Y llegamos al cuarto elemento, quizás el más inquietante: la nula intención de cambiar el voto. Pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, una proporción nada desdeñable de electores (millones) afirma que jamás votará a otro partido. Ni siquiera se plantea la abstención como castigo temporal. Es la negación absoluta del principio de responsabilidad puesto que, si el representante sabe que su electorado es cautivo, deja de temer la sanción democrática. Sin riesgo, no hay incentivos para la mejora. Un mercado político sin competencia real genera exactamente lo mismo que cualquier mercado intervenido: mediocridad, abuso y clientelismo.
Todo ello nos conduce a la polarización extrema que vivimos hoy en España. No es algo casual, pero tampoco es únicamente el producto de políticos sin escrúpulos. Es el resultado acumulado de millones de decisiones individuales: mirar hacia otro lado, justificar lo injustificable, comprar el relato cómodo y negarse a rectificar. Algunos han entendido que, cuanto más dividida esté la sociedad, más fácil es conservar sus nichos y prebendas, por eso convierten a todo el mundo en enemigo y viven de administrar odio, miedo y trinchera. La estrategia funciona porque millones de personas han decidido ser hinchas antes que ciudadanos.
Una democracia madura exige algo más incómodo que quejarse: exige ciudadanos dispuestos a revisar sus lealtades. El ciudadano no es ese súbdito fiel y obediente, sino el individuo que limita el poder, lo vigila, lo fiscaliza y lo castiga cuando abusa. El voto no es un gesto de identidad tribal, sino una delegación de poder… de nuestro poder. Es un contrato con el gobernante. Y un contrato que se renueva sin condiciones no es un acto de confianza, sino una renuncia explícita a la obligación de vigilar a quien lo incumple.
No se trata de repartir culpas para igualar responsabilidades. Un político que miente, manipula o vulnera las instituciones es más responsable que el ciudadano que se deja engañar. Pero mientras sigamos actuando como si nuestro voto fuera irrelevante, seremos cómplices, aunque sea por omisión, en el deterioro del sistema. La buena noticia -y también el desafío incómodo- es que tenemos más poder del que queremos reconocer: el poder de cambiar de idea, de castigar con el voto, de premiar a quien respeta las reglas y de expulsar a quien las pisotea.
La próxima vez que miremos con desprecio a “los políticos”, conviene recordar algo elemental: no han llegado ahí por arte de magia. Los hemos elegido nosotros, con un voto entregado más a la pertenencia que a la razón. Mientras el instinto grupal pese más que la exigencia de responsabilidades, el resultado será invariable: instituciones debilitadas, dirigentes cada vez menos escrupulosos y una sociedad que padece, como si fuera ajena, las consecuencias de sus propias decisiones. La culpa seguirá siendo nuestra y ya es hora de ahorrarnos las excusas.
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