José Luis Gómez
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La imagen resultó curiosa. Todos aplaudieron y se felicitaron al término de la moción de censura que Pablo Iglesias presentó contra Mariano Rajoy. Y en cierta manera es comprensible porque los protagonistas se ciñeron al papel en un debate con cartas descubiertas: la bayoneta de la corrupción contra el escudo de la recuperación macroeconómica. Mariano Rajoy podrá ver otro Tour de Francia desde el sillón de La Moncloa; Pablo Iglesias sorprendió con un tono más presidencial del esperado y una teatralidad comedida en su oratoria afilada; el socialista José Luis Ábalos se comportó con una solidez inusual para un portavoz parlamentario debutante; Albert Rivera no volverá a compartir coche con el líder de Podemos,ni aunque se trate del último taxi del planeta; y Rafael Hernando hizo de Rafael Hernanado.
Esta moción sin emoción por el resultado puede acabar en otra con el renacido Pedro Sánchez como candidato a la presidencia del Gobierno, o al menos dio esa impresión tras la refriega dialéctica y el posterior apretón de manos entre Iglesias y Ábalos. Pero Mariano Rajoy es el que reparte cartas y cuenta con el comodín del adelanto electoral en caso de que vea su futuro complicado.
Los casos de corrupción que detallaron tanto la portavoz de Unidos Podemos, Irene Montero, como Pablo Iglesias, son demoledores, pero la capacidad para el perdón de los militantes del PP parece ser ilimitada.
A pesar de la reiteración de argumentos, la moción de censura tuvo un nivel más que aceptable, aunque muchas de sus señorías se hayan perdido algunos capítulos. Cuando Antón Gómez Reino, representante de En Marea, subió a la tribuna de oradores para hablar de su apoyo a la moción y del trato del Gobierno central hacia Galicia, reprochó la falta de decoro de la bancada popular por estar una gran parte ausente del Hemiciclo. Resulta incomprensible que se puedan ver asientos vacíos durante los debates de una moción de censura. ¿Tienen algo más importante que hacer los representantes elegidos por los ciudadanos?
Unidos Podemos aplaudió a Pablo Iglesias y el Partido Popular vitoreó a un Mariano Rajoy confiado en la capacidad de perdonar de su parroquia.
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