Carlos Risco
COSAS QUE NO CONVIENEN
Negarse a uno mismo una intimidad opípara
SENDA 0011
El jueves, a la una de la tarde de Ciudad de México, México y Sudáfrica abrieron el Mundial en el Estadio Azteca. Y desde semanas antes, en cada bar, cada oficina y cada sobremesa de este país, venimos haciendo todos lo mismo: discutir la lista. Que si sobra este, que si falta aquel, que cómo puede quedarse fuera un jugador así. Es nuestro deporte nacional dentro del deporte nacional. Todos llevamos un seleccionador dentro, y el nuestro siempre acierta más que el de verdad.
Fíjense, sin embargo, en una cosa. El debate es siempre sobre nombres y casi nunca sobre encajes. Discutimos quién es mejor, no quién encaja mejor. Y ahí está la trampa, porque la historia de este torneo es tozuda: el mejor equipo casi nunca son los once mejores.
Grecia ganó una Eurocopa sin una sola estrella mundial. El Leicester de 2016 levantó una Premier con una plantilla que costó menos que un solo fichaje de cualquiera de sus rivales. Y en la otra dirección, todos recordamos selecciones plagadas de talento que volvieron a casa en cuartos, mirándose unos a otros, preguntándose cómo era posible con los nombres que había en aquel vestuario. Era posible porque once talentos no hacen un equipo. Hacen una lista.
Pero el encaje no se compra en el mercado de fichajes: se construye en casa, con tiempo, con criterio y con una cultura que haga que la gente quiera correr para los demás. En esa competición sí podemos plantarnos ante cualquiera. Y, de vez en cuando, ganarla.
Un equipo es otra cosa. Es el delantero que corre cuarenta metros hacia atrás para tapar una contra que nadie le pedirá explicar. Es el centrocampista que da el pase anterior al pase del gol, ese que no sale en los resúmenes. Es el portero que pasa noventa minutos sin tocar el balón y aparece en el único instante en que todo se decide. Es el suplente que no juega un minuto y mantiene el vestuario sano. El talento individual es visible, fotografiable, fichable. El encaje no se ve, y por eso se paga tan barato y se echa tanto de menos cuando falta.
En la empresa cometemos exactamente el mismo error, y lo digo habiéndolo cometido. Más de una vez he fichado un cartel: un currículum brillante, una trayectoria impecable, una entrevista deslumbrante. Y más de una vez he aprendido, pagando el aprendizaje, que un perfil extraordinario que no encaja en el sistema no suma su talento al equipo: se lo resta. En Redegal somos más de cien personas, y cuando un proyecto sale bien nunca es porque hayamos juntado a los mejores del mercado en una sala. Es porque cada uno sabe qué partido juega, qué se espera de él y para quién corre cuando corre.
Esa es, además, la liga que podemos jugar desde aquí. Una empresa de Ourense no va a ganar la puja salarial contra los gigantes de Madrid o de Múnich, igual que el Leicester no podía pujar contra los grandes de su campeonato. Pero el encaje no se compra en el mercado de fichajes: se construye en casa, con tiempo, con criterio y con una cultura que haga que la gente quiera correr para los demás. En esa competición sí podemos plantarnos ante cualquiera. Y, de vez en cuando, ganarla.
Por eso, con los años, he cambiado las preguntas que hago al contratar. Antes preguntaba qué sabes hacer. Ahora pregunto también cómo te gusta jugar, qué necesitas de los demás, qué estás
dispuesto a hacer cuando no te toque brillar. He visto entrevistas perfectas que escondían a un futbolista de foto, y perfiles discretos que llevan años sosteniendo el centro del campo de la compañía sin pedir el balón. El talento abre la puerta; el encaje decide si la persona construye o erosiona lo que encuentra dentro.
Y queda el banquillo, que es donde de verdad se retrata un entrenador y también un directivo. Gestionar a los que juegan es fácil. Lo difícil es gestionar a los que no salen en la foto: explicarles su rol, mantenerlos preparados, hacerles sentir que el resultado también es suyo. Los vestuarios no se rompen por el once titular. Se rompen por cómo se trata al que espera su momento.
Este mes veremos muchos partidos, y alguna noche nos dolerá una eliminación que el papel decía imposible. Cuando ocurra, no será mala suerte. Será la vieja lección repitiéndose en pantalla grande: los torneos cortos los puede ganar una genialidad, pero los torneos largos los ganan las plantillas. Y una empresa, conviene no olvidarlo, es siempre un torneo largo.
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