Xoán Antón Pérez-Lema
Begoña Caamaño: sororidade dende a soberanía cultural de Galicia
Así se decía antes, vulgarmente y hace ya tiempo, a un acto de la voluntad salida y dirigida desde una libido que recién moza descubría su propio camino y ordenaba a su cuerpo, generalmente una mano, a explorarlo. Meter esa mano, meter mano era algo así como introducir cierto afán de conocimiento en los escondites de la vista, palpar esquinas recónditas y ocultas por entre faldas cual pirata en busca de su tesoro, de su verdad y vida, e incluso por cualquier otra prenda más cerrada y protectora de un inoportuno soplo de viento, calor o frío, a través de los intersticios entre botones o cremalleras. Meter mano era mal visto, sobre todo desde el punto de vista del que no la metía, no importa la razón, y por ello se podía ser tachado hasta de enfermo o malo; pero hoy ya no quedan secretos de ese orden por descubrir, ni sobran demasiadas manos que se metan donde nadie las ha llamado, simple y teóricamente, porque ahora éstas son orientadas y guiadas suavemente a través de una educación sexual escolar.
Pero no trataba yo de referirme en este artículo a estas manos y meteduras, que llegaban a ser tan inocentes cuán vulgar otra metedura, de pata por ejemplo, porque, entre otras cosas, con una mano sólo se puede alcanzar caricia y no mayor trascendencia como la que se puede dar al generar otra vida. No, ahora el meter mano que quiero señalar es un acto mucho más obsceno y pornográfico, que no tiene que ver con el sexo, donde cualquier posible dulzura se ha convertido en árida espesura, y donde en lugar de instinto natural, cierta inocencia y riesgo comedido, se hace hueco perniciosa cultura y maldad. Actualmente meter mano es coger lo que no es de uno, por la cara cuando no por algún método violento, que clama al cielo. Hablamos de meter mano en la caja, en el cajón o lo que se ponga por delante de la fiesta del tener sin preocuparse por el merecer, con el agravante hipócrita de quien siendo delincuente quiere parecer blanco inocente; y es que alguno no sólo se conforma con meter mano donde no debiera sino también presume de que cualquier tropelía es ajena siempre a él, siempre alejada mil años luz de su maravillosa honradez que se cotiza muy bien en el mercado de la fama.
Honestamente, la cantidad de ejemplos que uno ve cada día de personas angelicales caídas en el cieno por haber metido mano, llamémosla económica, hace sospechar que en nuestra sociedad no mete mano el que no puede, debiendo alumbrar con antorcha del cínico filósofo el suelo humano para encontrar excepción a la regla. Claro que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario; el problema es que lo contrario cada vez es tan mayoritario que acabará obligándonos a invertir el proceso para no equivocarnos. Triste ¿verdad? Pero más triste es no hacer caso de ello. Como ocurre demasiadas veces. Y es que hay casos que no por desconocidos dejan de estar muy pegados a la realidad más próxima y que si se hicieran públicos serían gran escándalo, aunque más gasolina para la desesperanza humana. Existe muchas veces un silencio de los corderos al entender algunos que si no tapamos un poco estos casos detrás del primero iríamos todos barranco abajo, cual rebaño; o también porque nos da vértigo y miedo que nos puedan salpicar algo, pues existir existen, incluso en campos donde la traición del cajón (de meter mano en el cajón) se agrava al implicar a los más necesitados.
Metemanos (palabro parecido a mentecatos) son aquellos, pues, que no se conforman con su puesto logrado y retribución correspondiente, sino que por conocimiento y autoridad deciden auto gratificarse con algún plus retorcido de entre sus manejos laborales, a espaldas de la luz del jefe, institución o empresa donde desempeña su puesto. Normalmente se trata de un listillo que se maneja bien en la confusión y el exceso de confianza del que lo nombra, tomando para él lo que no le corresponde por un problema de hueco existencial que nunca llena. Pero, a veces, el metemano, de tanto meter la mano, mete todo el cuerpo hasta la pata; y, entonces, es su acabose, aunque no su daño. En fin, al que le resulte un tanto oscura mi reflexión, que se imagine la oscuridad que la ha inspirado.
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Unha ducia enteira de churros, esa si que é “churrada”