Percepciones

Publicado: 18 jul 2008 - 02:00 Actualizado: 11 feb 2014 - 00:00

Y ahora, al Parque

La calle del Parque, que sube hacia Bedoya, en tiempos fue lugar de concentración del ocio en el centro de Ourense. Ahí estaban el Parque, Dimax, Bocaccio y Alaska, cuatro polos de atracción para el divertimento, en una misma acera. Poco a poco fueron cayendo todos, como mitos homéricos; primero, Bocaccio, donde tantos cincuenta-añeros dieron/dimos sus primeros besos secretos, después Dimax con un Máximo de platos combinados (donestá Bimba y Lola), y el último, Alaska (por cierto, ¿habrá salvado Eligio Nieto el mural de Xaime Quessada?). Y ahora, al Parque le ha llegado la hora al hotel Parque. Sin duda, como nos llega a todos, que también nos morimos un poco cuando se mueren estos locales que forman parte de nuestra propia historia. En menos de cien días se acabará el hotel como tal, y ya veremos como será el cual. Atrás quedarán aquellos momentos señalados en púberes nocturnos de los setenta, Suso, Elier, Santiago, Mariano, Carlos ..., que asentaban sus reales en los bancos de enfrente para jugar al primer amor, entre cruces de miradas y diálogos intuidos, con viajeras excursionistas que, pernoctando en el hotel, asomaban sus cabezas por las ventanas para seguir el juego, juego alucinante cuando comienza a sentirse en el cuerpo. Momentos que no se volverán a repetir en ninguna generación nueva, no ya porque las costumbres sociales sean muy diferentes, sino porque ya no estará el Hotel Parque viviendo. Su fin me lo había apuntado su inquilino más insigne, Jaime Noguerol, hace unas fechas, telegrafiando también su paulatino abandono, por no hablar de la propia muerte humana sucedida por fatal accidente el pasado invierno, no sé si en la número 6 ó 9, pero casi cual pensión Lausana de la Soledad de las Vocales, por incendio; incendio protagonista, que aquí no acaba con el hotel como en la novela de José María Pérez Álvarez, pero sí con la vida de un hombre derrotado por simple descuido al dejar encendido un pitillo compañero, con tal mala suerte que prendió de humo asesino su espacio íntimo; aquí perdidas sus letras todas juntas.

Dicen que será José Luis Suárez quien lo comprará, si no lo ha comprado. Le sugiero que, al menos, el bajo lo reserve para mismo uso hostelero, porque no se puede imaginar cuánta historia de vida ciudadana guarda ese espacio que sólo no es calle por una simple medianera de cristalera. Pues bien, contémosle a Suárez que la cristalera en esta ubicación hizo de la cafetería del Hotel Parque el lugar preferido para muchas generaciones que le tomaban el pulso a la ciudad, protegidos de vientos adversos o lluvias molestas, detrás de vidriera, y con café con leche o cubata, según diera luz a la calle, farolas o día.

Y hoy hablo de esta cafetería, porque ayer mismo estuve tomando algo en el café Gijón, el mismo del que venía Alex Vasallo a mi casa, de vez en cuando y en tiempos de mili, con dibujo de plumilla debajo del brazo realizado en la misma tarde por Laxeiro (personaje que bajaba del piso de arriba donde vivía, y se sentaba en el rincón de la última ventana); ayer, observando sus gastadas bancadas rojas, mesas de mármol y sillas de madera, sin televisión, los cuadros colgados que fueron dedicados por amigos de su historia centenaria, un café con alma, donde el progreso se muestra modesto ante la densa aura de humanidad; y sentí el tesoro de conservar cierta atmósfera, que transpira Valle Inclán o Umbral, bien es verdad que en ataque místico y romántico. Pero no se trata de comparar lo incomparable, pues tampoco el Paseo Recoletos es el Parque, ni Madrid es Ourense, sino de asemejar el interés por conservar algunos rincones ciudadanos; pues, en el caso de la cafetería ourensana, aún puede contar algún lugareño, por ejemplo Manolo Buciños, como en ella cruzaron conversaciones personajes tan interesantes como Vicente Risco, Luis Trabazo o Prego; o también podrían contar Mani Moretón, y Eloy Lozano, o Luis Vecino, y Maribel Outeiriño, las peroratas de Pepe Conde, siempre rodeado de jóvenes; cuántas partidas de ajedrez jugadas por Enrique Rodríguez Peña; y quien no recuerda cuántos encuentros atractivos y atrayentes Mari Mar Marcos o Teresa Vega; matrimonios larvados en la barra, Mayte y Juan; cuántas ganas de pasarlo bien, trío calavera, Tatis, Pipo y Corrolo. Y así, cientos y cientos de ourensanos, con Luis o Pepe en la barra atendiendo, cuando un camarero duraba en su puesto un cuarto de siglo, como ellos.

Bar Río, Alaska y Cafetería Parque, tres figuras en la retina sentimental que apagan la luz, como antes la apagaron referentes como el Miño o Cortijo. Con su muerte, nada hace dudar de que uno también muere un poco, porque el paso del tiempo es para todos y a todos nos afecta. Y no hay otro remedio que asumirlo, pero no por ello dejaremos algunos de estar un poco tristes velando su entierro. Porque, además, no hay bebés que los sustituyan.

Susana Guisasola Onega

Esta lucense, de segundo apellido que la une familiarmente con comunicador importante (nada menos que ha contado con la presencia de los Príncipes de España en boda reciente de su hija), dublinense en una etapa anterior a la ourensana, diseñadora de joyería artística por el Mestre Mateo, se ha reconvertido a pintora en el 2001 (Odisea en el espacio de la tela), nos mostrará su nueva obra, ‘el valor de las promesas’, el próximo martes en la sala Manuel Márquez. Suerte.

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