Jenaro Castro
TRAZADO HORIZONTAL
El show de la tiranía
La caída de Nicolás Maduro no es solo el final de un hombre. Es, sobre todo, la oportunidad de comprobar si un país puede desandar el camino de la ruina cuando ha sido gobernado durante décadas como si la economía fuese una oficina de propaganda. Porque Venezuela no se hundió por falta de recursos. Se hundió por un régimen sectario e inoperante: el socialismo.
En estos días, con el régimen descabezado y una transición aún difusa, muchos miran al subsuelo como quien mira una caja fuerte: “tienen las mayores reservas del mundo, esto se arregla con petróleo”. Ese razonamiento es exactamente el tipo de pensamiento mágico que el socialismo ha vendido siempre. Basta con tener para ser. Basta con decretar para producir. Basta con repartir para que aparezca la riqueza. La realidad, como siempre, es más vulgar y más cruel. La creación de riqueza no se promulga en una ley, sino que exige incentivos, reglas, tecnología, capital y respeto a la propiedad privada. Justo lo que el socialismo desprecia.
Venezuela es la parábola perfecta. Un país sentado sobre un océano de crudo que, sin embargo, produce hoy una fracción de lo que producía cuando aún quedaban profesionales capacitados, inversión y un mínimo de racionalidad empresarial. Se ha pasado de una industria capaz de sostener millones de barriles diarios a un sector encogido, renqueante, dependiente y, en demasiadas ocasiones, improvisado. Es el resultado lógico de convertir una empresa energética en una herramienta de poder.
PDVSA (Petróleos de Venezuela, S.A.) fue tratada como un ministerio político y ya sabemos que el socialismo no gestiona empresas: las coloniza. Las usa para premiar lealtades, castigar disidencias y financiar relatos. El petróleo dejó de ser un negocio para convertirse en un cajero automático del régimen. Un cajero que ha permitido comprar miles de inmuebles en nuestras ciudades españolas mientras los ofendiditos de los pisos turísticos miran para otro lado.
El deterioro no es solo cuantitativo, también es cualitativo. Venezuela no compite en el mercado del crudo con un barril fácil, ligero y limpio, de esos que fluyen casi por cortesía de la geología. Gran parte de su tesoro está en el Orinoco: crudos pesados y extrapesados, densos, viscosos, con alto contenido en azufre y metales. Es petróleo difícil: exige diluyentes para poder transportarlo, plantas de mejora que exigen mantenimiento constante y una cadena industrial que no se improvisa desde un atril ministerial.
¿Qué ocurrió bajo el socialismo real? Que se rompió la cadena. Los profesionales cualificados emigraron a otros países, fallaron los repuestos y los equipos, se degradaron los sistemas de tratamiento y almacenamiento, aparecieron problemas de calidad inaceptables para cualquier refinería seria. En definitiva, un país históricamente petrolero acabó teniendo problemas para entregar un producto mínimamente decente.
Por eso, el día después de Maduro tiene implicaciones que van mucho más allá de Caracas. Habrá una batalla internacional por la reapertura del grifo venezolano, sí. Pero no habrá milagros ni lluvia de barriles de la noche a la mañana.
Así, el milagro socialista se revela como lo que siempre fue: pan para hoy, hambre para mañana. Se exprime la gallina de los huevos de oro hasta que la gallina muere. Se sacrifica inversión por gasto corriente. Se cambia ingeniería por comisariado político. Se cambian contratos por amenazas. Se cambia el mérito por la obediencia. Y el resultado es una industria obsoleta y oxidada propia del tercer mundo.
Por eso, el día después de Maduro tiene implicaciones que van mucho más allá de Caracas. Habrá una batalla internacional por la reapertura del grifo venezolano, sí. Pero no habrá milagros ni lluvia de barriles de la noche a la mañana. Recuperar la producción de forma sostenible requiere años de inversión y, sobre todo, algo más incómodo que el dinero: seguridad jurídica, derechos de propiedad y arbitraje. Contratos que se cumplan. Regulación previsible. Es decir, un Estado que no se comporte como un vulgar mafioso.
Si la Venezuela post-Maduro intenta recuperar la industria petrolera repitiendo el patrón —Estado dueño al mando de una empresa rehén— solo cambiará el uniforme de quienes administran el colapso. La producción quizá repunte un poco, lo suficiente para algún titular triunfalista, pero el deterioro estructural seguirá ahí, como siguió durante décadas en otras economías socialistas: baja productividad, ausencia de innovación, incentivos perversos y una cultura de cuota y propaganda.
La Unión Soviética también presumía de potencia industrial mientras su sistema desperdiciaba recursos a escala bíblica. Producía, sí, pero mal; mucho, pero ineficiente y caro. La planificación central es un prodigio para inflar estadísticas y un desastre para crear prosperidad. Venezuela ha sido la versión tropical y caribeña de la URSS del Telón de Acero: una riqueza real arruinada por un modelo que confunde control con capacidad.
La caída de Maduro abre una puerta, la de reconstruir una economía desde la libertad, el mercado y la dignidad de la competencia. Pero para atravesar esa puerta hacen falta reformas que rompan con todo lo anterior. Si Venezuela no hace del petróleo un negocio y no un botín, seguirá siendo el socialismo de siempre: un país inmensamente rico en recursos pero abrumadoramente rebosante de pobreza.
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