Sergio Otamendi
CRÓNICA INTERNACIONAL
La demolición del "orbanismo"
CLAVE GALICIA
En los cuatros viajes por un recado al trastero y otro a por pan al ascensor se subió la sonrisa de tres señoras latinoamericanas que atienden tres viviendas. La comunidad se está haciendo mayor, los vecinos comentan la disposición de las trabajadoras y se pasan el contacto “de toda confianza” por si la tuya puede o conoce a alguien. El pan lo acaba de despachar Nelson en el colmado que antes atendía María. El periodista les hubiese preguntado su opinión por el decreto de regularización de inmigrantes que aprobó el Gobierno central, el columnista calculó que no era tema para el primer saludo en el ascensor. Durante un tiempo van a ser caras habituales.
“A mi madre también le va tres horas una ecuatoriana”. El letrado de turno se olvida del asunto por el que ha telefoneado entre el ascensor y la puerta de casa. “Soledad, se llama, una señora encantadora aunque no le ha pedido el certificado de antecedentes policiales como haría Alberto [Núñez Feijóo]”, continúa. Afinada retranca antes de dar ladrillos para la columna. “Yo veo que es gente que quiere emprender pero se dedica al pequeño comercio y ese modelo está superado. El reparto lo hacen venezolanos y colombianos; peruanos y ecuatorianos están en la construcción; en el edificio de mi madre hay ahora unos senegaleses que se dedican a las reformas y el sector servicios lo saca adelante la inmigración”. No detecta un problema de más extranjeros en el juzgado, sí en las cárceles “pero los acaban largando”. Él llevó la regularización de una joven venezolana por asilo político y estuvo cinco meses de papeleo. “El trámite es complicadísimo y no puedes tener a la gente por la calle sin permiso de residencia, que no es la nacionalidad, porque sin la residencia no puede trabajar”.
En Betanzos cada día y en varios turnos cuarenta cubanos planchan la arruga al estereotipo en la lavandería industrial Las Camelias. Lavan entre ocho y diez toneladas de sábanas de hospitales, geriátricos, hoteles, albergues. La limpieza de las sábanas en las que duerme el turista y el enfermo tiene mano cubana. “Empezó un cubano a trabajar, este trajo a otro como hacíamos lo gallegos y el dueño está feliz. Son gente fiel, responsable y muy trabajadora”, comentó hace unos días un destacado betanceiro en el malecón del Mandeo.
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