Las primeras decisiones del rey Juan Carlos I

LAS CLAVES

Publicado: 23 nov 2025 - 10:30
Juan Carlos I toma posesión como rey junto a doña Sofía y sus hijos en las Cortes, en 1975.
Juan Carlos I toma posesión como rey junto a doña Sofía y sus hijos en las Cortes, en 1975.

El 22 de noviembre de 1975, a las 12.30 de la mañana, el príncipe D. Juan Carlos de Borbón y Borbón era proclamado rey Juan Carlos I por las Cortes, en una sesión solemne en el Congreso de los Diputados. Se cumplían algo más de 44 años desde que Alfonso XIII había salido de España camino del exilio tras sufrir una derrota en las urnas.

La restauración de la monarquía se produjo con una anomalía: no se respetaba la línea dinástica. Franco se había negado siempre a admitir a D. Juan de Borbón como sucesor de Alfonso XIII, y que se inclinara por su hijo Juan Carlos provocó graves problemas entre padre e hijo, que solo se solventaron cuando, siendo Juan Carlos rey e iniciado el proceso democrático con la convocatoria de unas elecciones con participación de todos los partidos políticos, D. Juan, en un acto íntimo, familiar, renunció a sus derechos en favor de su hijo. D. Juan finalizó ese acto inclinándose ante su hijo, en señal de respeto y gritando “¡Viva el rey!”

Con seguridad, cuando a las 12,30 del 22 de noviembre el rey fue proclamado rey, recordó aquella mañana en Zarzuela, donde los pocos asistentes, incluidos D. Juan y su hijo, mostraban ojos empañados de emoción. El camino de D. Juan Carlos hasta su proclamación había sido largo, difícil y plagado de incertidumbre desde que, a los 10 años, tras el acuerdo al que llegaron Franco y D. Juan, el niño de diez años Juan Carlos de Borbón llegó una fría noche a Madrid, en tren, para conocer su país de origen y educarse en España.

El 22 de noviembre, ante las Cortes franquistas, presidentes de las instituciones, familiares y un puñado de personalidades extranjeras como el rey Hussein de Jordania (amigo entrañable de D. Juan Carlos), el vicepresidente americano Rockefeller, Pinochet, Rainiero de Mónaco, el hermano del Shah de Persia, el príncipe heredero de Marruecos y poco más, el ya rey Juan Carlos pronunció su primer discurso como Jefe de Estado, en el que se puso como objetivo la unidad de los españoles y prometió ser “el rey de todos”. Un discurso de integración y que anunciaba un cambio político y social, como destacaron todos los medios.

D. Juan no acudió, estaba en Oxford con su esposa doña María. Tampoco llamó por teléfono a su hijo, aunque envió un protocolario telegrama de pésame a la hija de Franco. Se rumoreaba que iba a hacer público un comunicado recordando sus derechos dinásticos, pero nunca se publicó. En su discurso, D. Juan Carlos dedicó unas palabras de recuerdo a su padre, destacando su generosidad y su profundo amor a España.

El rey, en el acto de las Cortes, había jurado lealtad a las Leyes Fundamentales del Movimiento, pero no se sintió intranquilo: su profesor en Derecho y principal colaborador, Torcuato Fernández Miranda, le había adelantado que cuando asumiera la Jefatura del Estado podría cambiar las leyes siempre que contaran con el debido respaldo parlamentario, y que esa jura había considerarla como una cuestión que venía dada por el protocolo, el vigente en el momento en que asumía la jefatura del Estado. Y que tendría que cumplir mientras no se produjeran cambios legislativos en los meses sucesivos… o cuando se iniciara una nueva legislatura tras unas elecciones generales, porque habría leyes que sería difícil que aprobaran las Cortes.

En la tribuna, acompañando al rey, la reina Sofia, con un espectacular vestido largo de color fucsia, y sus tres hijos. Unos niños que no perdían detalle de lo que sucedía en la tribuna que se había acondicionado para convertirla en una plataforma en la que se celebraría el acto de jura. El presidente de las Cortes, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, que no había cumplido su objetivo de ser reelegido de forma automática cuando acabara su mandato el día 26 de ese mes tuvo un gesto que provocó titulares. Al finalizar la jura, Valcárcel pronunció un sonoro viva España y viva el rey, pero con una frase previa: “Con el recuerdo de Franco…”.

Al salir, la ya Familia Real, se trasladó hacia el Palacio de Oriente. Los reyes lo hicieron en el Rolls de Franco (regalo de Hitler al Generalisimo) desde la carrera de San Jerónimo hasta la Plaza de Oriente. Una inacabable cola de ciudadanos seguía esperando para honrar a Franco, en la capilla ardiente que seguía abierta en el Salón de Columnas. En el camino, por la Gran Vía, los reyes iban saludando al público que aguardaba en las aceras, aplaudiendo, el paso de D. Juan Carlos y Doña Sofía.. Antes de dirigirse al Salón de Columnas, la reina se cambió de ropa y se puso un vestido negro en señal de luto y respeto.

Al día siguiente se celebró un misa por Franco en la Plaza de Oriente, y desde allí se formó el cortejo fúnebre hasta la Basílica del Valle de los Caídos, donde Franco fue enterrado. A hombros hasta Puerta de Hierro, y después en un vehículo que portaba el féretro.

Sorpresa en la audiencia

Ese primer día como Jefe de Estado, el rey Juan Carlos recibió las primeras audiencias en La Zarzuela.

Por expreso deseo suyo, la primera fue con José Antonio Girón de Velasco, presidente de la asociación de Ex Combatientes de la Guerra Civil, un franquista irredento, que había sido ministro de Trabajo. Sorprendió que fuera la persona elegida por D. Juan Carlos para recibirla como rey pero, con el transcurso de los meses, se comprendió aquella decisión.

D. Juan Carlos sabía muy bien qué quería para España, cómo pensaba capitanear la transformación hacia la democracia que necesitaba el país, y para ese proyecto, esa aventura, necesitaría a políticos de todas las ideologías, además de otros representantes de la sociedad civil. No podía prescindir de los franquistas, entre otras razones porque necesitaba relevar cuanto antes a Arias Navarro y elegir otro presidente de gobierno que se sumara al proyecto de democratización. Y la persona que él creyera más adecuada, tendría que formar parte de la terna que le presentara el Consejo del Reino para elegir entre esos tres candidatos. Girón era uno de los tres miembros del Consejo del Reino. Con esa primera audiencia, D. Juan Carlos hacía una apuesta a futuro.

El momento de recordar a Girón que había recibido un trato especial que dignificaba su figura cuando en España los franquistas vivían con recelo el cambio en la Jefatura del Estado, se produjo seis meses más tarde, en junio, cuando D. Juan Carlos, que ya se había hecho con las riendas y “tomado tierra” abordó una decisión que no admitía más demora. A los quince días de su proclamación en uno de sus encuentros con Fernández Miranda, el rey le indicó que lo necesitaba bien en la presidencia de las Cortes o bien en la presidencia del gobierno, que él eligiera. Y Torcuato fue muy claro: le gustaría ser presidente del gobierno, pero creía que sería más útil al rey y a España al frente de las Cortes, pues había que promover leyes importantes y, además, tutelar la designación del nuevo presidente del gobierno cuando llegara el momento. Designación que, como hemos explicado, correspondía al rey eligiendo entre una terna que le presentaría el Consejo del Reino. Torcuato por tanto fue designado presidente de las Cortes en sustitución de Rodríguez de Valcárcel. A finales de junio el Rey forzó la dimisión de Arias Navarro, que al principio se resistió hasta que D. Juan Carlos le advirtió que su decisión era irreversible.

D. Juan Carlos tenía un nombre en mente: Adolfo Suárez, que había tenido diversos cargos con Franco, pero que el rey creía que era un hombre que aceptaba la necesidad de tomar iniciativas imprescindible y tenía el coraje suficiente para hacerlo. El problema era como conseguir que formara parte de la terna. Suárez no contaba con las simpatía del franquismo, lo veían excesivamente cercano al rey. Y llegó el momento de utilizar la carta Girón.

Formaba parte del Consejo del Reino, junto Torcuato Fernández Miranda y Miguel Primo de Rivera, buen amigo de D. Juan Carlos. El problema era Girón. El trato de favor que le había hecho públicamente el rey, más las buenas artes de Torcuato y de Primo de Rivera, hicieron el resto:. Adolfo Suárez González estaba en la terna y el rey lo eligió ante la sorpresa de todo el mundo. Por ser el elegido, porque la rumorología apuntaba a otros nombres, y porque aparentemente ni él mismo sabía que iba a serlo. El rey Juan Carlos tenía perfectamente diseñada la estrategia a seguir desde el mismo día de su proclamación. A su debido tiempo fue tomando las decisiones necesarias para liderar el cambio para el que llevaba preparándose desde años antes.

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