Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Estos días en que tanto se habla de la ausencia del rey honorifico, que no emérito, Juan Carlos I, salvo en una reunión familiar, en la celebración oficial del 50 aniversario de su ascensión al trono, como sucesor de Franco “a título de rey”, quiero recordar otras efemérides anteriores, lo que tuvo lugar a los 25 años de su entronización, en la que participé. En aquella ocasión, la Casa Real organizó una serie de solemnes recepciones en el Palacio de Oriente, por las que fuimos desfilando los representantes de los diversos sectores sociales, culturales, políticos y corporativos en representación del conjunto de la sociedad española. A mí me tocó tomar parte en la solemne recepción a la representación colegiada del periodismo español, por ser entonces presidente de la Asociación de la Prensa de Vigo y vocal por Galicia en el consejo nacional de la Federación de Asociaciones de la Prensa.
Creo, pues, que vale la pena contarlo ahora. Cada uno de los presidentes de las asociaciones de le prensa, directores de medios y periodistas destacados recibimos una solemne invitación e instrucciones de atuendo, horario, presencia y todos los detalles de protocolo. A la hora citada comparecimos en el Palacio Real de Madrid donde nos recibieron sin mayores requisitos que una breve identificación. Por grupos nos pasaron a alguna de las diversas salas cerca del salón de columnas, de modo que íbamos pasando de una a otra hasta el salón del trono, donde estaba Juan Carlos, su esposa, el entonces príncipe de Asturias, sus hermanas y sus respectivos cónyuges que luego desaparecerían de la escena oficial.
Además de darme la mano, Juan Carlos me tomó por el brazo con su habitual campechanía informal, rompiendo el protocolo ordinario del ceremonial del acto
Al pasar ante el Rey íbamos estrechando la mano a cada uno de los que formaban la hilera con cordial naturalidad. Algunos con toda cortesía, saludos al rey mirándolo a los ojos y a la reina con una ligera inclinación cortés, no diferente de la que hubiéramos dedicado a cualquier otra dama. En el momento de saludar al rey, en mi caso, se produjo una anécdota, que recoge la foto del momento, ya que además de darme la mano, Juan Carlos me tomó por el brazo con su habitual campechanía informal, rompiendo el protocolo ordinario del ceremonial del acto. Cómo días antes había coincidido con él en un acto en Vigo, en la Escuela de Electrónica de la Armada, donde lo saludara, al verme me dijo y me tomó del brazo “Otra vez por aquí”. Esa anécdota dio lugar a comentario de otros colegas que, conocedores de mis opiniones republicanas interpretaron que el rey en realidad me dijera: “Cachocabrón, otra vez por aquí”.
Concluido el pase ante los reyes, que algunos siguen llamando “besamanos” (cosa que dejó de celebrarse como tal en tiempos de Isabel II) nos pasaron al amplio espacio del comedor real que habrán visto en las revistas, donde se retiraran las mesas y se dispuso, como en cualquier otro caso, el dispositivo para un vino español, dirigido por el maestresala, con empleados de la Casa Real vestidos con levitas, pero igual a cualquier otro refrigerio, abundante y de calidad, incluida tortilla de patata sobre una especie de bandejitas de papel.
Los asistentes nos agrupamos por amigos o afinidades. Tuve la suerte de poder estar cerca y conversar con el periodista catalán Carles Sentis, uno de los supervivientes de los que asistieran al juicio de Nuremberg con quien puede hablar largo tiempo. Aunque ya tenía entonces 90 años me dijo que seguía teniendo muchos proyectos y los fue realizando hasta que falleció en 2011 a los 100 años. También estaba con el catedrático de Periodismo Enrique de Aguinaga, personaje clave en la historia del periodismo español. Entre ambos maestros me sentía especialmente conformado y uno aprendía, pese a la cordial sencillez de aquellos dos extraordinarios de periodistas. Juan Carlos se movía entre los diversos corros, conversando informalmente con uno y con otros, pero al ver a Sentís se acercó a nosotros con especial cordialidad y estuvo largo rato conversando con los tres y contándonos divertidas a anécdotas de su etapa en la Academia General.
Por cierto, que aquel día también pudimos comprobar la mala educación de alguno de los invitados que se fueron marchando antes de que los anfitriones, o sea, los reyes se retiraran. Como los grupos iban mermando, Juan Carlos y su familia se despidieron y se fueron, de modo que los pocos que íbamos quedando hicimos lo propio. Pero fue una histórica ocasión que ahora puedo contar.
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