PINGAS DE ORBALLO
Son
No voy a hablar en esta columna de la tortilla de Betanzos, aunque se acerca mucho, según mi opinión, a la tortilla perfecta. Pero aprovechando que es verano, me meto en este jardín que es motivo de discrepancias a escala nacional. Porque no hay debate más profundo en la sociedad civil, y dejando fuera el futbol y la política, que el debate de “sin o con cebolla”. Bueno, quizás el de los roscones de reyes con fruta escarchada (o sin ella) se le acerque algo. Pero para abordarlo, permítanme que me remonte a la infancia, donde uno aprende siempre la buenas (o malas) maneras, de un modo tan profundo, que esas enseñanzas quedan troqueladas en nuestra personalidad de una forma difícilmente inquebrantable.
Siendo muy pequeño me acostumbré a ver cómo se cocinaban las tortillas de patata en mi casa, y traté de aprender todos los trucos para que aquella pequeña obra maestra fuera perfecta. Y desde muy jovencito puse en práctica todos esos recursos para poder crear algo que, cuando sale bien, es un plato sublime, y que incluso cuando sale mal, es algo que puede comerse con cierto agrado. Con los años fui perfeccionando mis habilidades y hoy, normalmente, en mi casa las tortillas las hago yo. Con poco más de veinte años, en una única noche preparé más de treinta tortillas en una fiesta española en Polonia, donde los que las consumieron, la mayoría extranjeros de muchos sitios de Europa, preguntaban: “¿esta exquisitez, en España, cuando se consume?”. Les expliqué que a cualquier hora, en el desayuno, en la comida o cena, para merendar, en una excursión al campo, al monte o la playa. La tortilla de patata es siempre bienvenida y apreciada. Fue un periodo de aprendizaje largo, pero fructífero.
Con el tiempo llegué a conseguir esa combinación perfecta de sabores entre la patata, la sal, el huevo y el aceite de oliva.
Con el tiempo llegué a conseguir esa combinación perfecta de sabores entre la patata, la sal, el huevo y el aceite de oliva. Esa textura de la patata frita en aceite de oliva, combinando distintos espesores con distintas potencias de fuego, con el punto justo de sal. Esa plenitud que da en el paladar una tortilla cuajada en su punto justo, ni hecha ni sin hacer. Esa conjunción de circunstancias que hace que, cuando la saboreas, puedes distinguir el punto de sal, el sabor del aceite, la patata y el huevo, sin que nada perturbe ese equilibrio.
Hay gente que, posiblemente movidos por la incapacidad para conseguir ese equilibrio perfecto, necesita añadirle a la tortilla aditivos para conseguir suplir con esos complementos, lo que no consiguen con la destreza con la sartén. Los que hemos desarrollado la capacidad de apreciar esa conjunción perfecta entre sal-patata-aceite-huevo mezclados convenientemente y cuajados en su punto óptimo, detectamos en el paladar cualquier engañifa que adultera ese equilibrio. Los que usan esa manera de adulterar el cuarteto perfecto, argumentan que es “para mejorar”, “para suavizar”… pero, algo que es perfecto ¡no necesita ser mejorado, ni ser suavizado! ¿Necesita acaso el buen vino de la gaseosa? ¿o la buena cerveza del refresco de limón? Cada cual es muy libre de comerse o beberse las cosas como le plazca, pero al igual que no mancharía un buen vino con gaseosa, no se me ocurre añadirle a la tortilla nada que cambie ese sabor inconfundible que fusiona, de manera perfecta y equilibrada, los cuatro elementos. Claro, que hay que tener habilidades suficientes para cuajar la tortilla perfecta. Comprendo que todos aquellos que son incapaces de conseguir ese maridaje, precisen de añadir cosas que traten de compensar la impericia en la consecución de la tortilla perfecta, pero por favor, que no traten de convencerme que hay que echarle gaseosa a un buen vino reserva de Rioja, o cebolla a la tortilla de patata. Los mismos argumentos utilizan los que pretenden mejorar una paella valenciana con guisantes o una buena pizza con trozos de piña.
Que cada cual haga con su vino y su tortilla lo que quiera, allá ellos.
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