La Región
El valor didáctico de la historia
La reciente propuesta de Bruselas de promover un día de teletrabajo para amortiguar la crisis energética derivada de tensiones en Irán reaviva un debate pendiente. Esta medida, que se presenta como paliativo temporal, recuerda el recurso al teletrabajo durante la pandemia de covid-19. Entonces, millones trabajaron desde casa sin que la productividad colapsara, demostrando su viabilidad.
Sin embargo, no se entiende por qué no se implanta de forma permanente. Más allá del ahorro energético en esta coyuntura, el teletrabajo reduce desplazamientos masivos, alivia la congestión urbana y corta emisiones de CO2 que aceleran el cambio climático. Según datos de la UE, el transporte representa el 25% de las emisiones de gases de efecto invernadero; menos coches en carretera sería un avance estructural, no una mera contingencia.
La resistencia a normalizarlo parece anclada en inercias culturales y empresariales, pese a sus beneficios probados: conciliación familiar, menor absentismo y eficiencia en tareas digitales. Convertirlo en hábito cotidiano no solo amortiguaría crisis futuras, sino que impulsaría una economía más verde y resiliente.
Es hora de dejar de usarlo como “botiquín de urgencia” y asumirlo como pilar de sostenibilidad. La pregunta no es si funciona -ya lo sabemos-, sino por qué seguimos postergándolo cuando el planeta no espera.
Pedro Marín Usón
(Zaragoza)
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