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Este es el sentimiento que ocupó todo mi cuerpo al enterarme de que el patrimonio de nuestro rey Felipe VI solo ascendía a dos millones y medio de euros, como si de un pobre -de solemnidad- se tratara. En comparación con algún que otros ministros, ministros buenos, por ejemplo, que en apenas unos pocos años se han hecho de oro o millonarios echándole la culpa a plusvalías o negocios que solo ellos creen y creyeron tan boyantes y lucrativos.
Tal hecho me hizo sentir mal español y allá en lo más recóndito de mi pensamiento -como buen samaritano- una lucecita se me apareció diciéndome que bien podría echarle una mano y que si todos los españoles de bien, le apoyáramos con tan solo cinco euros -cuarenta millones de habitantes que somos- se pondría en doscientos millones.
¡Qué menos para igualarlo a otros reyezuelos de muy ínfima categoría y catadura democrática! Algunos hay que incluso lo silencian y su montante es desconocido, pero se le supone muy por encima de lo que los entendidos dicen o le calculan.
Si uno siempre ha deseado lo mejor para sí mismo, ¿porque no dejar que su rey vaya de farolillo rojo? ¿Cuánta gente de paz se estará riendo con tan exiguo patrimonio para tan alta personalidad?
Y no es que a mí me sobre el dinero, que como todo quisque hago mis números para llegar a fin de mes, pero lo vería como una noble y altruista acción.
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