El buen mal de Samantha Schweblin: un juego entre la realidad y el milagro

LOS LIBROS QUE LEO

El libro contiene cuatro relatos extensos con un discurso centrado en la incertidumbre y la ambigüedad de las situaciones extremas. Su autora ha alcanzado en él un particular dominio de la tensión narrativa y el suspense.

Publicado: 30 abr 2026 - 08:00
Cubierta de "El buen mal", de Samantha Schweblin
Cubierta de "El buen mal", de Samantha Schweblin | La Región

Hace ya muchos árboles leí una línea en “Alexis o el tratado del inútil combate”, de Marguerite Yourcenar que me acompaña, y que siempre tengo presente cada vez que pienso en la realidad como una gran maquinaria, devoradora y maravillosa a un tiempo: “Toda felicidad es inocencia”.

Esa frase-corcho emergió del fondo del lago que soy, otra vez al leer “El buen mal”, de la escritora argentina Samantha Schweblin. Es un libro tan delgado que un abejorro enfurecido pudiera traspasarlo. Tan solo tiene 120 páginas y es la prueba fehaciente de que la brevedad no necesita los efectos anestésicos del grosor para llevarnos al terreno de la revelación. Sus cuatro relatos largos exploran ese límite entre la voluntad que se finge fuerte y la potencia avasalladora de lo inexplicable.

Adelanto que se trata de un libro perturbador, de esos que en su intención de curarnos, raspan el hueso profundo de nuestro ser. En “Bienvenida a la comunidad” una mujer intenta suicidarse saltando a un lago con piedras atadas a la cintura, pero aquellos que debieran disuadirle de su propósito, más bien le aportan un método para llevar a cabo de forma efectiva a su plan.

En “El ojo en la garganta”, un niño de dos años se traga una pila de litio que le quema el esófago, obligándolo a vivir con una traqueotomía. Tal y como veis, nada que resulte complaciente, todo muy a lo Franz Kafka, a lo Bruno Schultz. Esta colección de relatos huye del entretenimiento para adentrarse en preguntas de grueso calibre sobre la finalidad de la existencia y el basurero radioactivo de esas culpas invisibles que todos llevamos por dentro, esos abandonos, esas traiciones que hemos infligido incluso a quienes amamos.

Solo sé que se trata de un libro hermoso y sin concesiones que difícilmente podría haberse escrito por encargo

En estas páginas, ese sueño que llamamos realidad, y los propios sueños, se vuelven sustancias amigables cuyas moléculas forman una especie de danza caleidoscópica donde todo es soluble e indiferenciable.

Hace menos de un mes “El buen mal” recibió el premio Aena de Narrativa, un galardón dotado con un millón de euros que pretende nivelar el campo ante otro con la misma dotación, pero favorecedor de libros en su mayoría lamentables y fallidos. No caeré en la trampa de polarizarme en el criterio de si esta colección de relatos lo merece o no, solo sé que se trata de un libro hermoso y sin concesiones que difícilmente podría haberse escrito por encargo.

Tanto como la obra, he disfrutado la lucidez e intuición femenina de Samantha Schweblin a la hora de perturbar y seducir a partes iguales. Si buscáis una lectura que os confirme que todo está bien, pedid a vuestro librero de confianza que os recomiende otra cosa, pues sin dudas, de páginas amables vamos sobrados. “El buen mal” está pensado y escrito para los amantes de las paradojas, para los que entienden la vida como un juego entre la realidad y el milagro.

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