LOS LIBROS QUE LEO
Sándor Márai a todo tren y color en "El último encuentro"
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Si queréis conocer eso que en el argot literario se llama “voz propia”, tenéis que entrar en el exquisito palacio de metáforas del escritor húngaro Sándor Márai. Yo os aconsejo entréis por una habitación llamada “El último encuentro” (Salamandra, 2025). El gran tapiz narrativo que la amuebla os contará una historia de dos amigos de juventud, Henrik (el general) y Konrad que en la recta final de la vida deciden entablar una conversación que explicará, durante una cena, 41 años de silencio. El misterio de ese distanciamiento involucra a Krisztina, la difunta esposa del militar retirado, con un extraño incidente ocurrido durante una cacería décadas atrás.
Confieso que leí esta novela en un estado de exaltación y regocijo estético, porque hay dos cosas que Sándor Márai supo hacer como pocos escritores de su tiempo: narrar un argumento pleno de interés, con una sabia dosificación de intrigas, y a la vez construir un artefacto narrativo que destruye los lugares comunes del lenguaje para crear un universo de sensaciones y conceptos absolutamente propio. En estas páginas, el pasado y el presente son dos goterones de azogue que se complementan sin esfuerzo en una misma sustancia. Empleo la imagen del azogue también con la intención de dar la medida de lo tóxica y venenosa que puede resultar tan solo la sospecha de una traición entre dos amigos que compartieron academia militar, los grandes bailes vieneses de mediados del siglo XIX, y la ilusión, a veces demasiado frágil, de que una amistad puede durar toda la vida.
“El último encuentro” es una reflexión inquietante sobre los matices de la lealtad y la importancia del perdón. Dos mujeres se erigen ante el lector como columnas invisibles: una Krisztina rebelde y sensual en sus años mozos, dueña entonces de una belleza destructiva, y Nini, la vieja ama de llaves de la familia, una campesina ya nonagenaria que fuera en su juventud nodriza del general. Ambas representan, por un lado el orgullo aristocrático, y por otro la sabiduría de quien ha convertido la fidelidad absoluta en una forma de supervivencia.
Márai demuestra una vez más, aquel adagio de Gracián: “Lo bueno, si breve, bueno dos veces”. “El último encuentro” reportará un disfrute sutil y poderoso a los lectores que buscan saltarse las formas de lo predecible, a la vez que funciona como un espejo pedagógico para aquellos que dan sus primeros pasos en la escritura. Ninguna inteligencia artificial podría dar el fruto de esas atmósferas opresivas, donde toda la sustancia del discurso queda soterrada, como ese cable que no vemos, y que nos inunda de luz. Una obra publicada en el lejano 1942, sigue dándonos lecciones de gran arte narrativo.
Quien lee a Sándor Márai echado sobre un sofá que bien pudiera decorar los alrededores de la basura, o con la cuenta bancaria en números rojos, sin romantizar la precariedad, os digo que vive por encima de sus posibilidades, a todo tren y color.
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