CRISIS EN CUBA
El régimen de La Habana, de puntillas sobre el cadalso
CRISIS EN CUBA
El esperpento que durante 67 años hemos llamado “Revolución Cubana”, está de puntillas sobre el cadalso de la Historia. Sin ningún aliado que vaya en su rescate, sin fenómenos providenciales que le libren del desenlace final. La sensación de quien esto escribe es de incredulidad plena: a un horror cimentado año tras año, década tras década, le bastan solo unos pocos días para la consumación acelerada de su estertor.
Sin una conmoción como la de Venezuela, con la captura de su sátrapa bufón el 3 de enero, esta circustancia inédita en la historia de América Latina, no hubiese tenido lugar. El desgaste se habría prolongado en el tiempo, sin una salida visible.
Pero una luz arrasadora se vislumbra en el horizonte político de la isla: los cubanos de a pie han sustituido las palabras “soberanía” por “comida”, “heroísmo” por “medicamentos”, “defensa”, por “basta”, y es porque las abstracciones patrióticas del diccionario castrista no apuntalan ya a un país corroído por el hambre, la enfermedad y el hartazgo.
A los cubanos les importa poco quiénes sean sus libertadores ni sus intenciones. El régimen de La Habana nunca ha vivido horas tan críticas como las del presente; su fin inminente no es la proyección de un deseo colectivo, es la consumación de unas fuerzas objetivas, desatadas e irrefrenables, que persiguiendo una agenda puramente expansionista, benefician colateralmente a un pueblo que celebra en secreto la llegada de esos “bárbaros”, que como en el poema de Kavafis, sean, despúes de todo, “una solución”.
La madrugada del 3 de enero de 2026 marcará, en la historiografía futura de América Latina, un punto de inflexión tan determinante como la caída del Muro de Berlín para Europa del Este. La ejecución de la operación “Lanza del Sur” por parte del Comando Sur de los Estados Unidos no solo logró la extracción quirúrgica de Nicolás Maduro y Cilia Flores del Palacio de Miraflores, sino que desmanteló de facto la estructura de seguridad continental que La Habana había tejido meticulosamente durante dos décadas.
La caída de Maduro no es simplemente un cambio de régimen en una nación sudamericana; representa la amputación del pulmón económico y estratégico de Cuba. Durante años, la relación entre Caracas y La Habana trascendió la alianza diplomática para convertirse en una simbiosis parasitaria. Venezuela no solo proveía el petróleo que mantenía encendidas las termoeléctricas cubanas, sino que servía como base operativa avanzada para la inteligencia cubana (G2), permitiendo al castrismo proyectar influencia regional y garantizar su propia inmunidad mediante el chantaje geopolítico.
La eliminación de este baluarte tiene un efecto psicológico devastador sobre la gerontocracia cubana. La premisa de invulnerabilidad, sostenida por la creencia de que Estados Unidos no intervendría militarmente en la región para evitar un “segundo Vietnam”, ha sido pulverizada. La imagen de los 32 oficiales cubanos abatidos en Caracas envía un mensaje inequívoco: las reglas de enfrentamiento han cambiado, y la protección que Cuba ofrecía a sus satélites ya no es garantía de supervivencia, sino una sentencia de muerte.
El contexto global ha cambiado. Con una Rusia empantanada en Ucrania y una China cautelosa ante sus propios desafíos económicos y la exposición de su deuda en Venezuela, los llamados de Cuba resuenan en el vacío. La soledad diplomática del régimen es palpable, y por primera vez en décadas, la retórica antiimperialista no logra catalizar un frente de apoyo regional efectivo.
La influencia del Secretario de Estado Marco Rubio es determinante en esta nueva arquitectura de presión. Como primer Secretario de Estado de origen cubanoamericano, Rubio posee un conocimiento íntimo de la psicología del régimen y de sus vulnerabilidades. Sus declaraciones, advirtiendo a la cúpula en La Habana que deberían estar “al menos un poco preocupados”, no son retórica vacía; son amenazas informadas por inteligencia clasificada. La influencia del Secretario de Estado Marco Rubio es determinante en esta nueva arquitectura de presión.
Rubio ha articulado una visión donde la seguridad de Estados Unidos en el hemisferio pasa ineludiblemente por la desarticulación de la alianza La Habana-Caracas. Para Rubio, el régimen cubano no es un gobierno legítimo, sino una organización criminal transnacional que ha “colonizado” Venezuela. Esta conceptualización justifica, bajo la doctrina de seguridad nacional estadounidense, medidas de fuerza que anteriormente se hubieran considerado excesivas. La política hacia Cuba ha dejado de ser un asunto de derechos humanos para convertirse en una prioridad de seguridad nacional y defensa hemisférica.
Una vez terminadas las reservas de crudo nacional, y ya sin el petróleo venezolano, se prevé que el régimen de La Habana sufra unas fracturas internas para las que no habrá paliativos. Esto se traducirá en un colapso sistémico cuya primera resultante será un apagón nacional prolongado por más de 72 horas, con posibles rumores de huida de la cúpula.
Seguido de esto, aparece como lógica la probable irrupción de estallidos sociales simultáneos, posiblemente de mayor magnitud que los del 11-J de 2021.
Igualmente sería plausible en medio de estas circunstancias, una transición negociada bajo presión, con un golpe interno desplace a Díaz-Canel y a la vieja guardia, estableciéndose una junta cívico-militar de transición que abra canales secretos con Washington.
La caída de Nicolás Maduro y el cerco estratégico impuesto por la administración Trump han colocado al régimen cubano ante su crisis terminal. A diferencia del “Período Especial” de los 90, donde el régimen aún contaba con la legitimidad histórica de Fidel Castro, y una población menos conectada y más resignada, hoy el castrismo enfrenta una “tormenta perfecta” sin capitán, sin brújula y sin combustible.
El ultimátum de Washington no es una maniobra diplomática más; es un reconocimiento de que el centro de gravedad del régimen cubano estaba en Caracas, y que al eliminarlo, la estructura en La Habana es insostenible. La disyuntiva para la cúpula gobernante es brutal y simple: negociar su salida, o enfrentarse a un colapso caótico que podría costarles no solo el poder, sino la libertad y la vida.
Para el pueblo cubano, los próximos meses serán posiblemente de un sufrimiento agudo, pero también de una esperanza inédita. Las dictaduras parecen inmutables hasta el día exacto en que se desmoronan. Lo más probable es que este año no llegue a celebrarse el centenario del nefasto Fidel Castro. Enero de 2026 tiene todas las características de ser el prólogo del fin del régimen de La Habana, que claramente se halla de puntillas sobre el cadalso.
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