Miguel Anxo Bastos
O nacionalismo conservador e católico de Ramón Otero Pedrayo
En los años setenta, el científico John B. Calhoun construyó el paraíso de los ratones. Comida ilimitada. Espacio de sobra. Temperatura perfecta. Sin depredadores ni enfermedades. Un lugar donde todos los problemas estaban resueltos de antemano.
Lo que ocurrió a continuación no se parece en nada a lo que cualquiera esperaría. La colonia no prosperó. Los ratones dejaron de reproducirse. Dejaron de cuidar a sus crías. Dejaron de socializar. Apareció la violencia sin causa aparente, la apatía generalizada, el colapso de cualquier vínculo social. Sin ningún reto que organizar sus capacidades, la colonia se deshizo desde dentro. Calhoun llamó a ese fenómeno muerte del espíritu. La abundancia sin propósito resultó ser más destructiva que la escasez.
Si lees eso en 2026, con el teléfono en el bolsillo entregándote contenido infinito a demanda y las redes sociales conectando a millones de personas que se sienten cada vez más solas, el paralelismo resulta incómodo. De esa incomodidad nació Casino 25, una ópera pop creada íntegramente con inteligencia artificial y estrenada el 1 de enero de 2026. No es una obra sobre tecnología. Es una obra sobre qué pasa cuando la abundancia llega sin que hayamos pensado qué queremos hacer con ella.
Democratizar la producción no homogeneiza la creación, siempre que quien usa la herramienta tenga algo verdadero que decir
El proceso de producción fue tan revelador como el resultado. Toda la música fue compuesta con IA. Las imágenes, fueron generadas por modelos de inteligencia artificial. Lo que habría requerido un equipo de varios especialistas durante quizás años, lo realizó una persona en pocos meses a tiempo parcial. Lo importante es que cada decisión sobre qué decir, cómo decirlo y con qué intención fue tomada por personas. La IA ejecutó. Los humanos eligieron. Esa distinción no es un detalle técnico. Es el punto central de todo.
Lo que Casino 25 demuestra no es que la IA pueda hacer arte. Es que puede eliminar las barreras técnicas entre tener una idea y poder materializarla. Que alguien con algo genuino que contar puede construir algo que antes necesitaba un equipo numeroso y un presupuesto considerable. Democratizar la producción no homogeneiza la creación, siempre que quien usa la herramienta tenga algo verdadero que decir.
En Galicia, los hórreos que llevan siglos en aldeas y lugares de labor no producen el grano: lo custodian hasta que llega el momento de usarlo, protegiéndolo de la humedad y del tiempo. La IA puede ser eso para la creatividad humana. No la fuente de las ideas. El sistema que evita que mueran antes de llegar a existir.
Queda una pregunta que Casino 25 deja abierta a propósito: si cualquier persona puede producir con calidad profesional en poco tiempo, ¿qué ocurre con el valor de hacerlo? La respuesta más razonable es que ese valor se desplaza hacia el porqué: hacia quien tiene algo genuino que contar con independencia del medio técnico que use. Pero esa tensión no tiene respuesta sencilla, y pretender que sí la tiene sería deshonesto.
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