Rafael Torres
Por ser estudiante y mujer
Metidos en la vorágine del deporte, de los éxitos, de los fracasos, de los líos de unos y otros, mucha veces se pierde el foco. La tendencia a creer que los deportistas son máquinas, que todo tiene que ser normal y sin salirse del guion establecido es grande. No son pocos los que hablan de “fiesta” cuando acuden a un evento. Y la fiesta puede dejar de serlo en un abrir y cerrar de ojos. El grave accidente de Álex Márquez ayer en Montmeló sirve como ejemplo. Una carrera emocionante, en la categoría reina del motociclismo mundial, se estropeó de la peor forma posible. La caída del de Cervera y su posterior choco contra el muro metió el miedo, el terror más bien, en el cuerpo a todos los presentes. Afortunadamente, las noticias que comenzaron a llegar eran tranquilizadoras. Fuera de peligro, consciente y en las mejores manos posibles.
Pero sirva todo esto para recordar que la línea entre la fiesta y el drama es muy pequeña. Más de lo que se pueda pensar.
Dentro de todo lo horrible que tienen estos sucesos que, de vez en cuando nos ponen los pies en la tierra, hay algo positivo: invitan a reflexionar. A humanizar a los deportistas, especialmente en alguna especialidad donde la seguridad es mayor que hace años, sí, pero no es total. La carrera se reanudó con una distancia de 13 vueltas, aunque posteriormente debió ser interrumpida nuevamente tras otra caída de menor gravedad. Pero sirva todo esto para recordar que la línea entre la fiesta y el drama es muy pequeña. Más de lo que se pueda pensar.
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